La puerta

La puerta

Cuando llegó el final, el hombre no pudo articular sonido, no contaba con el nervio suficiente para responder al niño número trece.

La mujer lo miró en silencio y, despacio, cerró la puerta.

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Puerta. Debo vigilar la puerta. Sé que en cualquier momento vendrán a por mí. ¿Estoy seguro detrás de la puerta? Hace frío. Esta habitación es húmeda pero limpia. No quiero estar aquí pero no puedo salir. Tengo que cruzar la puerta y no quiero. Sé que me esperan al otro lado. No sé qué hago en esta habitación tan pulcramente blanca, con asientos perfectamente alineados, todos ellos fijados a la pared dispuestos a contemplar una función, una obra de teatro absurda y macabra. Claro, ¡es eso!, están preparados para contemplar la función, mi función. Soy el actor principal, el único protagonista de esta historia sinsentido. Tengo que salir de aquí pero no hay ventanas. Solo hay puertas.  

Silencio. No se escuchan ruidos al otro lado de la pared. Quizá pueda salir, tal vez no haya nadie. Pero, ¿y si es una trampa? ¿y si están ahí, esperando a que cruce la puerta? Cuando era pequeño mi madre siempre decía que no debía tener miedo a nada. Que avanzar en la vida era como cruzar puertas o subir escalones. Todo requería el mismo esfuerzo: tan solo exigía colocar un pie detrás del otro. A veces tropezabas y caías, pero entonces, te limpiabas las heridas y seguías adelante. Claro que ella nunca había estado en una habitación como esta. De nada me valen ahora, madre, tus aleccionantes consejos. No se trata de colocar un pie tras otro y caminar, es cruzar la puerta y eso ya son palabras mayores. Sé que me esperan al otro lado…

Mujer. ¿Quién es esa mujer? No recuerdo haberla visto antes. Está callada, espera en silencio, como yo. Se parece a la chica del supermercado. Sí, es ella. Puede que sea uno de ellos. Sí, eso es. Eso explica cómo ha llegado ahí sin que yo me haya dado cuenta. Pero parece asustada. Se coge las manos continuamente y se las aprieta con ansias. Está nerviosa. Puedo oler su sudor, puedo escuchar su respiración dificultosa, puedo ver la gota que resbala lentamente por su sien. Tiene miedo, como yo. El elenco de actores se amplía. Ya no estoy solo en esta farsa. El miedo no tiene nombre, no tiene dueño. Surge como una estela que de pronto te nubla la mente y te arrastra a la más profunda soledad de la incomprensión o de la inoperancia.

Niño. Espera, ¿qué hace ahí un niño? Esta con una mujer. Debe de ser su madre. Su piel no ha conoce los rayos del sol. El niño no para de moverse. Debe de tener unos trece años. Trece es un buen número. La imbecilidad humana lo ha condenado a ser maldito. Cuando no sabemos explicar algo, nos refugiamos temerosos tras la anécdota y convertimos lo incomprensible en maléfico. Definitivamente, somos muy cortos de miras. No vemos más allá de nuestro raciocinio. Pero somos más que razón. Somos sensación, somos certeza sin hechos, somos piel, somos emoción, somos miedo… Pero huimos y nos dejamos arrastrar por la ladera cayendo y cayendo para dejarnos salvar por la segura positividad, por la ingenua comprobación científica como si lo inexplicable no existiera, como si el mismo hecho de nacer no fuera un misterio.

Trece. Adoro el trece. Maldecimos a los números porque somos incapaces de maldecirnos a nosotros mismos, y, sin embargo, el trece es místico, casi mesiánico. Aunque debería odiarlo. Un trece de marzo nací yo. Comenzaba la primavera y las flores se abrían en el jardín de casa. Mi madre siempre me hablaba de ese día. Decía que fue uno de los más felices de su vida. Y de los más dolorosos. Que estuviera varios días en coma no fue culpa mía. Aunque creo que esos días enfriaron sus besos, esos que solo me daba como regalo de cumpleaños. Anhelaba la llegada del trece de marzo, anhelaba recibir mi especial regalo. Un día me sorprendió con un beso inesperado. Fue hermoso. Pensé que, por fin, comenzaba a quererme un poco. Estrenaba habitación, a la que se accedía por una nueva puerta, la que cerraba con llave para evitar que saliera de ella, la que cruzaba para pegarme con el palo. No la culpo. Éramos dos seres extraños separados desde el mismo momento en que se rompió el cordón umbilical. Cuando cumplí trece años, no acudió a darme su regalo. Dicen que calculó mal al bajarse del autobús y su cabeza cayó directamente bajo las ruedas. Creo que fue efecto de las pastillas. Me pregunto si serían las mismas que guardo en la cocina…

Nervio. Me conmueven los nervios del niño. Debería hablar con él. Decirle que no se preocupe pero no me atrevo. Su madre está inmóvil, casi ni respira. Tiene la blancura de las figuras de atrezo de los teatros…Lee concentrada una de esas estúpidas revistas. No sé qué ve en este tipo de revistas. Son tan insípidas, tan insustanciales, tan vacías de todo interés. No como las mías. Esas sí que cuentan cosas, que son interesantes. Pero, claro, este tipo de revistas no existen en habitaciones como ésta. No solo me encierran aquí, también quieren que me aburra hasta la extenuación.

Sonido. Llegan sonidos desde detrás de la puerta. Una especie de zumbido extraño, una jauría enloquecida de abejas bailan al otro lado de la madera. ¿Y ese olor? No aguanto ese olor, mezcla de desinfectante y lavanda. Quieren  engañar a mis glándulas olfativas con falsas fragancias. El olor de la escenificación del miedo es deprimente. La puerta se abre. El movimiento es lento, casi sin sonido. Me ciega la luz ¿Quién es? Una persona enorme, descomunal. Creo que es un hombre pero no lo distingo muy bien. Tiene el rostro tapado por una especie de antifaz blanco. Sus manos están ocultas en guantes de plástico.

Hombre. ¿Es mi nombre el que sale por su boca? El niño me mira. Su sonrisa es la más pura expresión del que se sabe salvado…hasta el momento. La chica del supermercado baja la cabeza y esconde la mirada. Mejor así. No quiero que descubra que me sudan las manos y que me tiemblan los pies. Despacio me dirijo a la puerta. Dudo cuando estoy a punto de cruzarla. Entonces, como un flash, escucho la voz de mi madre. No seas cobarde, ¡camina! Parálisis. No puedo andar. Siento uno opresión en el estómago. Creo que necesito ir al baño pero no verbalizo palabra alguna. Percibo la impaciencia del hombre del rostro cubierto. Me empuja tomándome del brazo, obligándome a cruzar la puerta. Al minuto siguiente, estoy recostado en un sillón de dentista y tengo la boca abierta de par en par.

Por favor, la puerta, que alguien cierre la puerta, escucho decir al hombre.

Final. Al final, tenías razón, madre, sólo es poner un pie detrás de otro.

(c) Josefa Molina

Twitter: @JosefaMolinaR

Texto publicado en la antología ‘El Oasis de los Miedos’, de Playa de Ákaba. Noviembre 2016


4 thoughts on “La puerta

  1. Qué relato más bueno, mira que nos mantienes en vilo pensando que hablabas de la muerte y puaf, el dentista ! sabes mantener a la gente en vilo…. chiquilla, y después cómo lo has estructurado, muy bueno.

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  2. Inquietante. Muy buen relato. Al dentista que me llevaban, en la sala de espera, había cuadros con dibujos medievales con hombres con tenazas que arrancaban los dientes. Me horrorizaban. Impregnaste el cuento con estos miedos (justificadísimos miedos) infantiles.

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    1. Mil gracias, Rubén, sí, es cierto, ir al dentista siempre ha sido uno de mis miedos infantiles y no tan infantiles, de esos miedos irracionales que intenté plasmar en este texto. Gracias por pasarte por aquí y comentar. Unos besos!

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