Mensajes de whatsApp

MENSAJES DE WHATSAPP

movil

Sonó de nuevo el sonido que anunciaba la recepción de un nuevo mensaje en el móvil. Desde hacía rato estaba intentando concentrarse en la lectura del temario pero la insistente llegada de mensajes no la dejaban leer con tranquilidad. Ya había puesto el sistema en silencio pero aún así sentía la vibración del teléfono y eso hacía que, como un resorte, lo cogiera para leer los nuevos mensajes. Podría ser una notificación del colegio de sus hijos o algo urgente, se argumentaba, aunque lo cierto era que a ella le encantaba leer las continuas comunicaciones del grupo de madres de la clase de su hijo.

A través de él, se enteraba de todo lo que concernía a las actividades escolares y extraescolares pero lo que le resultaba más divertido eran las continúas chácharas que las madres hacían sobre los temas más diversos. Son el perfecto ejemplo de la idiosincracia de este país, se decía a sí misma en cuanto se entretenía un poco en la lectura de los mensajes. En ocasiones, llegaban a cientos los whastapps en los que la comida del almuerzo, el color de las nuevas cortinas del salón o cómo colocar la pajarita en el disfraz de la fiesta de carnaval, centraban el tema de conversación vía móvil. Una mañana se levantó con casi mil mensajes nuevos en el grupo. Demasiados para ser algo interesante, se dijo mientras los borraba sin leerlos.

Sin embargo, aquella mañana era diferente. A pesar de ser habituales las charlas, aquella insistencia, especialmente en un día en el que necesitaba tener tiempo libre para poder concentrarse en su temario de administración pública, le comenzaba a sacar de quicio.

Cogió el móvil con un poco de rabia, tanto sonido continuado le molestaba, y con ciertas reservas dirigió su dedo índice hacia el botón de apagar. Pero de pronto, reparó en el mensaje que parpadeaba en rojo en la pantalla.

¡Qué moderno!,  ya se pueden mandar los mensajes en colores. Entonces se paró a leerlo. Sé que estás estudiando, no te esfuerces, no irás a ningún examen. Sonrió. Mira tú, estas locas, ahora se dedican a gastar bromitas, ¡lo que es no tener nada que hacer!

El teléfono del que procedía el mensaje no lo tenía identificado. Conocía a muchas de las madres del grupo, ya eran tres años compartiendo fiestas del cole y esperas en la antesala de las reuniones quincenales con la tutora del grupo de alumnos, pero aún así le era imposible conocer a todas las madres y padres de los veinticinco niños que conformaban aquel segundo de Primaria. De hecho, no era nada extraño que aquel mensaje en cuestión tuviera como destinataria cualquier otra madre del grupo. Eran varias las que estaban preparando oposiciones para el concurso de funcionarios que acababa de convocar la administración autonómica. Sin embargo, tenía la extraña sensación que aquel mensaje, en concreto, iba destinado a ella.

Cuando volvió a encender el móvil, eran ya más de trescientos los mensajes que esperaban ser leídos. Los borró con fastidio sin ni siquiera ojearlos.

Las nueve y cuarto de la mañana en el reloj cuando el móvil comenzó a parpadear. Hacía escasamente media hora que había dejado a sus dos vástagos en la puerta del colegio. El día era brillante, hacía un sol espléndido. Varias de las madres habían quedado la tarde anterior para ir a caminar una hora, hacer ejercicio siempre era saludable, pero ella tenía que estudiar. ¡Qué alivio!, al menos durante esta hora me dejarán tranquila con tanto mensajito, pensó, mientras se servía el segundo café de la mañana y se disponía a sentarse frente a la mesa del salón-comedor, improvisado espacio de estudio ante la falta de una habitación que hiciera las funciones de despacho en la casa.

Se agobió un poco cuando observó la desorbitada cantidad de libretas y apuntes que le quedaba por estudiar estando a tan solo dos meses vista de las fechas de exámenes. Procuró serenarse. Con agobios no iba a ningún lado. Era la tercera vez que se presentaba a las oposiciones. Deseaba tener un poco más de suerte que las veces anteriores y acceder a una plaza o, al menos, quedar en lista para cubrir suplencias, así que lo mejor que podía hacer era tranquilizarse y estudiar.

Miró con resignación el café y se sentó frente a los apuntes mientras se colocaba las gafas para ver de cerca. La presbicia no perdona y la edad, menos aún. Con los años habían llegado la falta de vista, la barriga incipiente, los pechos caídos y las pocas ganas de sexo con tu marido que no con los maridos de otras, comentó una vez una de las madres del grupo. Aquí quien no corre, vuela, le había contestado otra en el whatsApp. No era su caso, respondió entonces ella con chulería, ni sus pechos estaban caídos ni carecía de buen sexo con su marido, pero, añadió, si alguna quiere buen sexo, se lo presto. Fue la gracia del día en el grupo. A partir de ahí, comenzaron a llamarla Johana, la opositora caliente.

Justo cuando comenzó a leer los apuntes, volvió a sonar el whatsApp. Se me olvidó silenciarlo, maldijo para sus adentros. Entonces vio el nuevo mensaje parpadeante escrito en rojo. Sé que no has ido a caminar, opositora caliente. Te digo que no te esfuerces, no estarás viva para el examen.

Leyó con estupor el mensaje. Esta vez era más que evidente que iba dirigido a ella. Suponía que era una broma, alguna gracia de una de las madres o de un grupito que querían burlarse de ella. Pero le extrañaba. Ella solía ser muy respetuosa con todas y, aunque con frecuencia no compartiera sus charlas ni sus aficiones, procuraba mantener una relación amable y cortés con todas.

El móvil volvió a parpadear. Sé que has leído este mensaje y sé que sabes que era para ti, opositora calentorra, o ¿ya no estás tan caliente?, leyó en la pantalla del móvil con los ojos abiertos como platos. Se tomó su tiempo para responder. Jajaja, vale, vale, a ver, quién eres, dime, escribió intentando simular un falso desinterés. Sin embargo, el móvil enmudeció no sólo durante la mañana sino durante el resto de la tarde.

Se encontró con Noelia, la madre de Diego, en la puerta del colegio. Estaba hablando con un grupo de tres madres. Era con ella con la que tenía más confianza. Con un gesto le indicó que se acercara mientras le preguntaba, con una sonrisa tensa en los labios, si era ella la autora de los mensajes. La mujer afirmó no saber de qué le estaba hablando. En el grupo de madres del cole, le dijo, he recibido mensajes dirigidos a mí un poco amenazantes, ¿es que no los has visto?, preguntó mientras buscaba el móvil en el bolso.

Entonces, le enseñó el último mensaje. ¡Qué raro!, yo no he visto ese mensaje, afirmó mientras le mostraba su móvil para que comprobara sus palabras. Las dos permanecieron mudas, sin moverse, y contemplando sus respectivos aparatos en los que, casi como por arte de magia, comenzaron a llegar mensajes de las otras confirmando una cita en la cafetería para media hora más tarde.

Niñas, escribió Noelia, ¿alguna ha escrito un mensaje a Johana? Un mensaje, de qué tipo, aquí escribimos de todoooo, contestó otra. Jajaja, ¿qué le pasa a la opositora caliente?, preguntó otra. No, en serio, chicas, escribió Johana, ¿alguna me ha enviado un mensaje? Saben que estoy con las oposiciones, ya estoy demasiado nerviosa como para este tipo de mensajes.

El móvil enmudeció durante unos segundos que a Johana se le hicieron eternos para, de pronto, llenarse de mensajes en los que se afirmaba que no sabían nada y que desconocían de qué hablaba Johana.

Cuando dejó a la niña en gimnasia rítmica, volvió a sonar el temido sonido del móvil. Se preocupó al descubrir el parpadeante mensaje en rojo. Jaja, pero qué te creías?, que te iba a decir tan fácil quién soy?, eres una fulana, y lo vas a pagar. Estás acabada!!

Sin dudarlo, eliminó su número del whatsApp del grupo. Ahora ya no podría recibir más mensajes por aquella vía.

No había aún traspasado la puerta de su casa cuando el sonido del whatsApp volvió a sonar. Acababa de dejar a los niños en el colegio y se había ido a comprar las cosas para preparar el almuerzo. Llevaba dos bolsas de compras en la mano y no pudo abrir la funda del móvil para leer los nuevos mensajes. Hacía días que no había recibido misivas como las que le asustaban y comenzaba a pensar que habían quedado en nada, en una simple broma de mal gusto hasta que descubrió que el nuevo mensaje en el móvil estaba escrito otra vez en rojo. No procedía del mismo número de teléfono pero desde luego sí de la misma persona.

Pensabas que te ibas a librar de mí? estás flipando, te voy a demostrar quién soy yo, zorra!, leyó. Asustada buscó en el fijo el número de la policía pero era tarde. Lo último que sintió fue un duro golpe en la cabeza.

La encontraron horas más tarde, cuando su marido tuvo que abandonar urgentemente la reunión que mantenía con un cliente para ir a buscar a los niños al colegio. Tenía una enorme brecha en la cabeza. La sangre teñía de oscuro la alfombra malva del salón.

Habían pasado solo dos meses cuando Claudia, la nueva incorporación del grupo de whatsApp de madres del cole, recibió un mensaje en el móvil. Le llamó la atención el color rojo en el que estaba escrito. Pensó que era una broma y preguntó en el grupo. Todas las madres respondieron que ellas no habían visto el mensaje al que aludía Claudia.

Nadie ha vuelto a verla. Ni a ella ni a su hija. En el grupo de whatsApp comentaron que quizá había cambiado a su hija de colegio por motivos de trabajo, como era escritora…Todas se preguntan aún porqué se fue sin ni tan siquiera despedirse.

Julio 2016

(c) Josefa Molina 

Twitter: @JosefaMolinaR


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