Historia de una cajera

manos superHistoria de una cajera

 

¿Cuántos fragmentos de vidas habría escuchado? ¿Cuántos pedazos de vidas ajenas habría oído cada día durante los últimos quince años? Seguramente, cientos, miles. Sin embargo, aquella situación era diferente. En la mirada de la mujer se podía entrever que algo no era como debía ser. Quizás sus años de experiencia le habían permitido desarrollar una capacidad casi intuitiva para conocer a las personas no solo a través de lo que compraban, sino a través de su forma de actuar cuando estaban en la cola de la caja. Con solo un vistazo, la cajera sabía si el cliente tenía una situación económica holgada o si debía ajustar el gasto para llegar a final de mes, si tenía gustos caros o más bien normales, si el cliente vivía solo o en pareja, si tenía niños o no… Le bastaba una sola mirada al carro de la compra para conocer a la perfección de qué tipo de persona se trataba e incluso en qué momento del mes se encontraba; en los primeros días del mes, con la nómina o la paga social recién ingresada, o en los últimos días del mes, en los que ya sólo se podía optar a comprar lo justo y necesario para sostener el resto de los días: unos kilos de papas, leche, pasta y huevos; sin florituras, sin golosinas, sin chocolates ni vinos ni cervezas caras. Lo básico para afrontar el día con algo sólido en el estómago.

La cajera sabía de miserias pero también sabía de fortunas. Le divertía imaginar qué iban a hacer sus clientes a partir de lo que compraban en el día. Le gustaba la sensación de saberse con cierto dominio sobre los demás, un dominio silencioso, encubierto, sutil, el dominio que se logra al poseer información sobre los otros sin que los otros, ingenuos, se percataran mínimamente de ello.

Con frecuencia, pensaba que conocía más de los clientes de lo que que pudieran saber sus amigos y familias. Solo por la compra del día sabía quién tenía una cita y quién se iba a quedar en casa y sin sexo una noche de sábado; quién iba a recibir visita familiar y quién se marchaba de excursión al campo; quién había planificado ver un partido de fútbol en casa con amigos y quién había decidido pasar una tarde de playa. Se sentía poderosa al repasar con la vista los productos dispuestos sobre la cinta de la caja y descubrir en qué invertiría el cliente sus siguientes horas de vida. Sonreía mientras pensaba lo mucho que la gente desconoce cuánta información se adquiere a través de sus compras en un supermercado cualquiera.  

Quizás por eso supo desde el primer momento que aquella clienta era diferente. Observó su compra mientras sostenía los productos uno a uno y los pasaba por el lector de códigos de barra. Todos eran pares. Dos envases de leche desnatada, dos yogures de piña desnatados, dos cremas dentales con flúor, dos paquetes de jamón serrano y dos de queso en lonchas, dos cervezas en lata, dos tintes para el pelo, dos docenas de huevos y dos cajetillas de tabaco negro...

En un primer impulso, estuvo a punto de preguntarle a la mujer si estaba segura de hacer una compra de esa forma, doblando los productos, pero se contuvo. Ella no estaba allí para cuestionar a nadie sus compras sino para pasarlas por el lector de código de barras y cobrarles antes de que salieran por la puerta. Su relación con el cliente se reducía a un saludo amable y un gesto de mano de pasar la compra por el código de barra. Sin embargo, algo le decía que aquella compra no era normal, que aquella clienta no era normal. Percibía algo extraño en aquel insólito multiplicar por dos los productos.

Y luego estaba la mirada esquiva de la mujer. Unos cuarenta años, ligero acento extranjero, de manos con dedos largos y finos, ojos verdes rasgados que a ella le parecieron fríos y distantes y una cabellera rubia ondulada que le llegaba casi hasta el final de la espalda.

Observó el tinte del pelo, caoba oscuro número 5, y  volvió a mirar a la mujer, que no levantaba la vista de su bolso buscando, supuso, la cartera para abonar el precio de la compra. El pelo era rubio y tenía falta de teñirse en la raíz de la cabellera. ¿Habría confundido del color del tinte? Iba a preguntárselo pero entonces, la mujer levantó la cabeza y la miró fijamente a los ojos. En un tono firme y casi autoritario le dijo “no es asunto suyo”. La cajera quedó pasmada. Aún no había abierto la boca. “¿Perdón?”, le inquirió. “Que no es asunto suyo de qué color me tiño el pelo”, insistió la mujer que parecía, de pronto, tener una prisa inusitada por acabar de pasar la compra y marcharse del supermercado. “Lo siento, tiene razón, no es mi asunto”, se disculpó la cajera con un hilo de voz.

Desde luego, ni su problema. Usted ocúpese de su hijo, que la va a necesitar”, le contestó la mujer mirando de forma tan fija a los ojos de la cajera que parecía como si, por un instante, el resto del supermercado y de clientes hubieran desaparecido de la faz de la tierra.

Un escalofrío recorrió la espalda de la cajera. “¿Mi hijo? ¿qué pasa con él?”, preguntó alarmada. “No será nada grave pero te va a necesitar”, respondió casi sin mover los labios la extraña mujer.

La cajera no daba crédito a sus oídos. Pero, ¿qué sabía esa mujer de ella o de su hijo? Quiso insistir pero la clienta ya le alargaba el billete de 50 euros para pagar y esperaba paciente el cambio. ‘Tranquila, solo será un susto’, le respondió antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta de salida del establecimiento.

Por un momento, hizo intención de salir corriendo tras ella y pedirle algún tipo de explicación, pero entonces recordó que una cajera nunca puede ausentarse de su puesto en la caja por mucho que vea, escuche o perciba cosas raras a su alrededor.

La tarde transcurrió entre códigos de barras y conversaciones intrascendentes. Madres desquiciadas por las constantes exigencias de chucherías de sus pequeños vástagos antes de la cena, señoras mayores que olvidan la cartera en casa y abandonan la compra a medio pasar, chicos que compran vodka haciéndose pasar por adultos con los 18 recién cumplidos, amas de casa que tienen que renunciar a comprar una tableta de chocolate ante los desconsolados ojos de su hijo porque no le llega con las monedas que tiene en el monedero, jóvenes de chaqueta y corbata de última moda que dudan entre adquirir una marca de vino a 35 euros u otra de 50 euros la botella, chicas que compran una crema body milk aunque eso suponga quedarse sin leche para desayunar… Cientos de historias de vida a través del click de la caja.

Cuando terminó su turno y se dirigía al coche para regresar a casa, el móvil comenzó a sonar. Al otro lado del teléfono, la voz asustada y dolorida de su hijo le comunicaba que estaba en urgencias en el hospital. “No fue nada, mamá, un coche se saltó el stop. Estoy bien, pero ven a buscarme, te necesito”, escuchó.

Con el susto en el cuerpo corrió hacia el coche, lo puso en marcha y entonces sintió la presencia: justo frente al capó del vehículo estaba la extraña mujer del supermercado. La observaba fijamente aunque con tenía la mirada perdida, como si no estuviera allí, como si tan solo fuera un espejismo. Pensó en bajarse del coche para preguntarle cómo sabía lo que le iba a pasar a su hijo, cuando volvió a sonar el teléfono móvil. Bajó la vista buscándolo y al levantar la cabeza, la mujer había desaparecido.

Al día siguiente preguntó a las demás cajeras si sabían algo de ella, si era clienta habitual del supermercado, pero ninguna la había visto antes. Tampoco la mañana en que la cajera dijo atenderla. Lo cierto es que, desde ese día, cada vez que un cliente colocaba su compra con productos que se repetían a pares, el corazón se le aceleraba. En ese momento, alzaba lentamente la vista temiendo encontrarse con la mirada inquisitiva de la mujer de los ojos de gato que la observaba dispuesta a decirle algo que quizás, en esa ocasión, ella no quisiera escuchar.

 

(c) Josefa Molina

Twitter: @JosefaMolinaR

 

 


4 thoughts on “Historia de una cajera

  1. Muy bueno Josefa. Hay que ver la psicología que tienen los que tratan con público. Aprenden más que yo, cuando la estudié en la universidad.
    Aquí, uno de los aspectos a considerar es; LA SUGESTIÓN.
    Me ha gustado y al leerlo me ha dado el impulso de decir ésto.
    Felicidades

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  2. Mil gracias, Carmela, por pasar por aquí y dejar comentario. Siempre es un placer recibir visitas. Efectivamente, la psicología que tienen los que tratan con el público es fundamental….¡Qué de historias tendrán para contar!

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