El hombre del cuadro

El hombre del cuadro
Cuadro Javier Jiménez
Cuadro del pintor Javier Jiménez

Te miré despacio. Y creí entrever una disfrazada arrogancia en tu mirada. No pestañeabas. De hecho, permanecías impertérrito. Se diría que sabías de mi presencia. Y a la vez, estabas ausente, como si nada ni nadie perturbara tu aislado ser.

Desde que te vi por prima vez al  otro lado de la ventana, intuí que contigo, cualquier cosa era posible. Me resultabas tan familiar… Ese mentón, esos ojos ligeramente caídos, esa marcada barba de una semana, esa corta melena que se ocultaba bajo una boina eternamente gris azulada.

Me mantenía en la distancia mientras permanecías ajeno a la detenida observación que hacía de cada uno de tus movimientos. ¡Qué ingenuidad la del que no se sabe observado!, pensaba en cada vigilancia.  Y, sin embargo, aquella vez era diferente. Desde el otro lado, me parecía verme en tí, como si al observarte me introdujera en un mundo de espejos.

De pronto, levantaste la vista y miraste a través del cristal justo en la dirección en la que me encontraba. Me agaché para evitar que tus ojos tropezaran con los míos. Una estupidez por mi parte. Yo mejor que nadie sabía que era un profesional y que hacía mi trabajo lo suficientemente bien como para evitar que pudieras notar mi presencia en el peugeot de alquiler.

En ese momento, fui consciente, más que nunca, de mi condición de sombra, de ente invisible que observa desde la oscuridad sin ser visto. Una especie de materia inexistente. ¡Y así es como debe de ser!, me dije resignado, mientras buscaba el termo del café para servirme otra taza caliente, en un vano intento de otorgar algo de calor a aquel frío cuerpo entregado a la espera de no sabía aún muy bien qué.

Entonces observé que buscabas algo sobre la mesa. Intuí que llegada el momento. Quizá la llamada que ambos, tu y yo, esperábamos desde hacía días. Activé el micro y escuché. Media noche. Bar La Tapadera.

Por fin, la cita esperada. Me alegré. Podría dar, por fin, algún resultado a aquella voz que me daba instrucciones desde el otro lado del teléfono, después de dos semanas de vigilancia sin resultado en aquel destartalado coche de alquiler.

23.40 horas. Desde el exterior vi que te ponías la chaqueta, cogías las llaves y te subías a tu mercedes de gama alta.

Sonreí feliz al confirmar que había vida mas allá de las eternas esperas en un oscuro coche en mitad de cualquier calle. Además, por fin, iba a tener  un poco de acción.

Las luces de neón del centro de la ciudad y el aire nocturno reconfortó mi espíritu. Siempre hay algo gratificante en la insinuosa vida nocturna de las grandes ciudades. Una especie de aire viciado y sutil que nos reconcilia con la parte más oscura de nuestras almas.

Cuando más estaba disfrutando de aquel recorrido por la ciudad, tu coche se introdujo en un parking junto a un bar de carretera de luces rojas, de esos que los padres de familia visitan ocultos tras unas gafas de sol, una o dos veces a principios de cada mes.

Esperé a que cerraras el coche y te dieras la vuelta para salir tras tus pasos e introducirme en el bar.

El local era aún más oscuro y tétrico de lo que imaginé. Apenas dos o tres hombres solitarios bebían pegados a la barra donde una rubia mostraba unos pechos exhuberantes y servía cerveza parapetada tras una roja mueca que se esforzaba, sin éxito, en convertir en sonrisa. Tristes sombras humanas a las que nadie esperaba en ningún sitio. Almas que buscaban deluirse y desaparecer entre efluvios de ginebra.

Apenas divisé tu silueta en la oscuridad. Una sombra que enfilada sus pasos con decisión hacia el pasillo por el que se accedía al baño.

Un olor fétido abofeteó mi cara cuando alcancé el inicio de las escaleras por las que bajaste. Entonces me pareció que te parabas. Tal vez me esperabas, esperabas escuchar mis pasos tras de ti… Ahora sé que sí. Que era a mí a quien aguardabas en medio de aquella apestosa oscuridad con olor a vómitos y a orines.

No me sorprendió la lúgubre humedad de las escaleras. Aquel lugar era el escenario perfecto para albergar la negra espesura en la que me interné. En ese momento, eché de menos no tener a mano un arma con la que defenderme aunque no sabía exactamente de qué o de quién.

Descendí con cautela los escalones y recorrí despacio el estrecho pasillo que me recibió al final del descenso. Entonces, divisé en mitad de la oscuridad una línea etérea de luz que luchaba por escaparse a través de la rendija de la puerta. Abrí la puerta sin sospechar que aquel gesto tan habitual cambiaría para siempre mi medriocre existencia.

Allí estabas. De pie, quieto y en silencio, frente a un objeto del que solo pude ver en un primer instante, que colgaba de la pared. Me acerqué un poco más para descubrir que lo que observabas con tanta atención era un cuadro de dimensiones casi tan grandes como el tamaño del cuerpo de un hombre.

Gracias por venir. No quería estar solo esta noche.  ¿Y esa voz….? ¡Claro! Era la misma voz que semanas atrás había contratado mis servicios por teléfono. Sin que pudiera articular palabra alguna, y como si una fuerza anulara mi voluntad, arrastré mis pies cansadamente por el suelo hasta situarme junto a ti.

Dime, ¿qué ves en el cuadro? Lo miré con atención. En el lienzo estaba pintada la figura de un hombre de espaldas que miraba a través de un marco que se reflejaba en un espejo que devolvía su imagen. Un hombre frente a su igual, un reflejo goyesco onírico y gris. Él mismo y, sin embargo, otro totalmente diferente.

¡Eres tú!, exclamé, con la boca llena de preguntas que empujaban por salir a buscar respuestas. ¿A qué jugaba mi cliente? ¿Qué significaba todo aquello? ¿Soy el cebo o el objetivo? Pero, ¿de quién?

No…Mira bien. No soy yo. Eres tú, susurraste acercándote a mi oído lo suficiente para que pudiera escuchar tus palabras con toda claridad. Te miré incrédulo. Podrías haber tenido una sonrisa de triunfo, una marcada arrogancia en tus ojos, pero no, tu gesto era el de una persona triste, muy triste. Pude ver en ti un rostro que portaba una tristeza profuda, dolorosa, la que origina el saber que algo no está bien hecho pero que, pese a todo, debe de hacerse.

Bienvenido a tu eternidad, fue lo último que escuché antes de quedar sumido en la más espesa de los oscuridades.

Desde esa noche este cuarto en silencio es mi cobijo. Apenas hay luz. Huele a humedad rancia y hace mucho frío. De vez en cuando escucho risas de mujer y gritos de peleas como si vinieran desde un más allá muy lejano. A veces, alguna rata me hace compañía y, en ocasiones, son las cucacharas las que se encargan de acariciar mi piel, ajenas a esta profunda soledad en la que estoy inmerso sin saber por qué.

Siento la eternidad sumergido entre dos realidades contrarias. Dos caras de una misma moneda. Dos partes de una misma existencia, que alguna vez fue la mía. Soy humano y, a la vez, no soy más que trazos de pinturas pintadas sobre un lienzo olvidado en el sótano de un bar cualquiera. No soy más que una pintura sobre una tela que una vez – ¿cuánto tiempo ha transcurrido ya? ¿la eternidad?- fue un hombre de carne y hueso, y ahora no es más que una figura que se observa a través de un marco y se refleja en un espejo, un amasijo de marrones, grises y azules, que se reproducen cual juego escheriano de luces y sombras, melancólicas y lúgubres, como la vida, como la muerte, ¿como la eternidad?

 

Junio 2017
@JosefaMolinaR

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