Soliloquios

 

Soliloquios

 

“¡No tener ya nada en común con los hombres excepto
el hecho de ser hombre!”
Émile M. Cioran

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A veces me siento tan solo que hablo conmigo mismo para acompañarme.

Aquel hombre no hacía más que mirarme. ¿Quién era? No entendía qué quería de mí ni por qué se empeñaba en hablarme. Al principio pensé que se había equivocado de interlocutor. Desde luego a mí no me conocía de nada. O al menos, yo no lo conocía de nada a él, pero reconozco que me reconfortaba su compañía. ¿O sería mejor decir que no lo recordaba de nada?

Lo cierto es que me costó mucho abrir los ojos. Poco a poco, fui tomando consciencia de mi situación. Al principio sólo eran lentos movimientos de labios. Sin sonido alguno. Intenté explicarlo. Pero no me entendieron. Luego me sentí arder, tenía mucha sed pero no me dan nada para aliviar la sequedad de mi boca. Después me invadieron los temblores, muchos temblores. Y me dormí. ¿O tal vez me desmayé? Cuando desperté todos se alegraron mucho. Yo también pero no recordaba por qué estaba allí.

Y una tarde, no recuerdo qué día exacto, llegó él. Tenía una voz clara. Parecía sincero. No sabía quién era. Las primeras veces fueron de lo más desesperantes. Luchaba entre mi intención de comunicarle, de contarle, que no sabía quién demonios era. No me escuchaba. Era como si yo no existiera, como si mi presencia fuera muda ausencia, un ser vacío en espera. Estaba atrapado en el silencio. Mis labios no verbalizaban palabra alguna. Mi cuerpo no respondía órdenes. Estaba allí, quieto, terriblemente ajeno a mí mismo, sin entender el porqué, sin conocer desde cuándo, sin discernir dónde, sin comprender cómo.

A veces, como en locos delirios, me soñaba libre, corriendo por las calles, conduciendo en mi coche, caminando tranquilo por la acera, comprando en el supermercado. Siempre solo, siempre huraño, íntimamente enfadado con un mundo que no me gustaba y en el que ya no quería estar. Me soñaba solo, melancólico, lacónico, tal y como había sido mi existir. Esos momentos eran los más parecidos a sentirse feliz.

En ocasiones traía flores. Todo olía a lavanda y a clavel. Era agradable poder oler. Sentir que aún me emocionaba el olor de la naturaleza. Pero una tarde no vino. Ni la siguiente ni la otra. Las flores se pusieron mustias en el jarrón.

Para mi sorpresa, descubrí que echaba de menos su visita. Me convencí de que tal vez estuviera enfermo. Sin duda, algo así debió de pasar porque a los pocos días, regresó. Un catarro, me dijo. Yo solo pude sonreír. O eso creo. Y me acostumbré a sentir su presencia.

Luego comenzó a leer. Creo que fue por pura inercia. Cogió el periódico y comenzó la lectura. Al principio, fue la sección del periódico de noticias nacionales. Pero se notaba claramente que le aburría la política. A mí también. Una tarde se sentó a mi lado despacio como si fuera a contarme algún secreto importante. Llevaba un libro entre las manos. Me alegré. ¡Un libro! Esperaba de todo corazón que fuera lo suficientemente entretenido para no quedarme dormido. Me descubrí anhelando la llegada de aquellas horas de lectura. Con ellas me arrastraba por las calles de Moscú de los años treinta de mano de un gato diabólico, sufría con los pensamientos melancólicos de un poeta lisboeta, me transportaba al mismo centro de la locura y de la desesperación de una pintora judía enamorada del hombre equivocado, me adentraba en las aventuras de los habitantes de la tierra media, me insuflaba raciones de pasión llenas de versos románticos y de dolor existencial en los renglones torcidos de los poetas.

A veces, cerraba el libro despacio y se quedaba en silencio. Observándome sin verme. Mirando más allá de mí. A través de mí. En esos momentos, hubiera querido decirle algo, hablar con él, ofrecerle alguna palabra de aliento. Pero callaba. Nunca fui un hombre de palabras fáciles y la ternura nunca fue una de mis cualidades. Ni la ternura ni otras muchas otras. Pero todo eso lo sé ahora, cuando el tiempo ya ha hecho su juego, cuando la vida es solo una sucesión de horas, de tardes, que transcurren sin más, ajenas a que yo las quieras sentir o no.

En esos momentos daba rienda suelta a sus soliloquios. Empezaba a enlazar unas palabras con otras, una sucesión continua de frases que me iban transportando, poco a poco, a las más temidas profundidades de su vida.

Me descubrí avanzando por su calle de su mano, entrando en su casa, besando a su esposa, arrullando a su hija, acariciando a su perro, yendo a comprar a la tienda más cercana el tomate frito para los espaguetis de la cena, bajándome del coche frente a la puerta de casa con un grito ahogado en la garganta, gritando el nombre de su esposa y de su hija mientras notaba cómo el calor del fuego en el salón quemaba su ropa, desmayándome sin poder encontrarlas, despertar en el hospital para descubrir que no quería vivir más, volver a una casa calcinada con el alma rota, encontrar en la hirsuta ginebra la única vía para aliviar mi corazón, dejar pasar el tiempo entre borrachera y borrachera, perder el sentido y las ganas de respirar, sumirme en la desesperación de la soledad y de las pesadillas continuas con olor a quemado impregnando mi piel, llorando eternos días y lúgubres noches hasta que el perro me encontró y comenzamos a vivir juntos, recuperar algún atisbo de lejana motivación por estar con vida, comenzar a ir al hospital como voluntario para ayudar en la terapia de recuperación de los enfermos crónicos y leer a los que estaban en peor situación clínica como yo.

¿Qué dice este hombre? ¿Qué quiere decir ‘peor situación clínica’? No, no es cierto, escucho perfectamente, soy consciente de todo. Cierto que no me puedo mover mucho, a veces, nada, pero poco a poco iré recuperando mi capacidad de movimiento. Por ahora me conformo con escuchar, que es también una forma de estar vivo.

Así que no me gusta nada lo que dice. Me enfado. Intento gritar, hacerle entender que se equivoca. ¿Pero quién coño se cree que es este tipo? ¡Me gustaría tanto darle un puñetazo en esa boca insípida y altiva! Yo no le he pedido nada. No sé quién es ni me interesa. Quiero que se vaya. Pero no puedo moverme. Mi cuerpo no me responde. Muévete, levanta la mano, grita. Nada, no puedo hacer nada. Siento la calidez de una lágrima que desciende por mi mejilla. ¡Estoy vivo! ¿Es que nadie lo ve?

De pronto, escucho al hombre que se mueve y se acerca a mí. Puedo oler su desodorante. Está pegado a mí. Oigo cómo sale de la habitación corriendo y luego un remolido de pasos que corren, de ropas que se rozan, me toman el pulso, me auscultan, me zarandean. Después, todo vuelve a la calma. Sigo vivo. ¿Lo ven ahora?

El hombre se ha ido. Durante días no escucho su voz. Tal vez, por fin, alguien se haya apiadado de mí, y me dejen en paz.

Sé que puedes escucharme. Vi tu lágrima el otro día. Perdona si dije algo que no debía decir. Era él, de nuevo. Quise gritarle que se fuera de allí, que me dejara tranquilo. Pero me frené a tiempo. Lo cierto era que su voz era lo único que me ataba al presente, a la soledad de aquella blanca habitación.

Así que no hice nada, y una tarde lluviosa de otoño, abrí los ojos. Estaba leyendo en voz alta, enfrascado en la lectura de las desventuras de un estudiante ruso miserable que planeaba matar a una vieja usurera. De pronto, se paró. Creo que sintió mi mirada fija en él. Vi como se perdía por la puerta de la habitación, y de pronto, llegaron una jauría de médicos y enfermeras.

Poco a poco he ido recuperando mis funciones motoras. Aún no puedo andar, apenas puedo hablar y necesito hasta que me alimenten, pero me siento cada día más fuerte y decidido. Incluso, pedí lápiz y papel. A ratos he ido escribiendo porque no quiero olvidar, deseo dejar constancia de todo lo que he vivido estos últimos meses, ser un notario de la soledad, del desasosiego, de la no aceptación, de la rabia, del profundo miedo que te invade cuando te sientes tan profundamente solo y abandonado, dar auto de fe de la sensación de calidez que una voz, una sola voz, puede darte; narrar cómo tu único nexo con la vida exterior, con el lado tangible de la existencia, con el deseo de volver a caminar, a hablar, a darte una nueva oportunidad, es una voz que te habla.

Durante varias semanas no volví a escuchar a mi lector. Cuando, por fin, se sentó frente a mí, con el libro que había dejado a medias entre las manos, se acercó a mi oído y me susurró: Bienvenido. Gracias, le contesté con un silencioso movimiento de labios.

Y esta vez fue una lágrima suya la que resbaló despacio por las mejillas.

– FIN-

 

Publicado en espacioulises.com

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