Cristales

Cristales

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Empezó a sospechar cuando descubrió el primer fragmento de cristal entre las sábanas. Era casi la hora del alba y aún no había podido conciliar el sueño. Añoraba aquellas noches en las que las horas pasaban una tras otra sin que se abrieran los ojos ni un sólo instante, ni siquiera para hacer una visita al cuarto de baño. Pero una noche, sin más, aquellas placenteras noches se esfumaron.

Fue casi a la vez cuando descubrió el leve destello de su espalda. Salía de la ducha con el cuerpo aún mojado, cuando de pronto, le pareció ver reflejado en el espejo algo que brillaba justo en la parte baja de su espinazo. Intentó observarlo mejor a través del cristal de la cómoda del dormitorio pero desapareció, así que pensó que habría sido producto del simple resplandor de la luz sobre las gotas de agua en su piel.

No volvió a pensar en ello hasta días más tarde cuando volvió a descubrir otro destello similar. Esta vez el curioso resplandor resultó ser más nítido. Lo vio de refilón situado justo bajo su oscura melena, esa tan sumamente larga para un hombre que le encantaba lucir; la misma que se esmeraba en cuidar con una devoción casi mística; la misma que su hermano mayor insistía en que se cortara cada vez que quedaban juntos para comer; la misma que Candela adoraba acariciar, jugando a perder en ellas sus manos como se desvanecen las huellas sobre en la arena de la playa.

Aquella relación de ideas le llevó a pensar en Candela. Se fijó en ella nada más cruzar la puerta del aula donde se impartía Lógica en la facultad de Filosofía, pero lo que le enamoró fue la pasión con que disertaba sobre el miserable e injusto olvido interesado de las voces femeninas en la historia de la literatura universal. Desde un primer momento, le llamó la atención su forma de indignarse cuando se enfrascaba en una conversación sobre como el sistema patriarcal se había encargado de hacer desaparecer in perpetuum de las listas de grandes literatos universales a excelentes escritoras como Virginia Woolf, Silvia Plath, Gloria Fuertes o Alejandra Pizarnick, haciendo, defendía a voz en grito, que sus creaciones literarias no solo no fueran estudiadas en las facultades de Filología sino que mucho menos formaran parte de los programas académicos de literatura de cualquier centro escolar del país y, lo que aún era más grave, asegurándose de que continuaran siendo las eternas desconocidas para la gran mayoría de lectores.

Aquel entusiasmo y fuerza para defender lo que creía de justicia, le encandiló. Pronto llegaron las primeras cervezas en el césped de la facultad y los paseos tomados de la mano bajo las primeras brumas frías del mes de noviembre. El entendimiento absoluto entre sus bocas y sus manos les terminó de unir.

Pero aquella mañana ella no estaba allí, por lo que no pudo ver el minúsculo trozo de cristal que asomaba de entre su pelo. Lo cierto es que era casi imperceptible pero sentía como, entre más se lo intentaba extraer, más se clavaba en la piel llegando a provocar que ínfimas gotas de sangre brotaran enrojeciendo su cuero cabelludo.

Desde ese día comenzó a sufrir extrañas sensaciones por todo su cuerpo. Al principio se trataba de pequeñas sensaciones apenas imperceptibles que, sin embargo, sentía crecer poco a poco, llenándole de molestias y perturbando su existencia. En ocasiones se paralizaba al sentir un ejército de pequeñas hormigas que recorrían sin previo aviso toda su epidermis.

Una noche le despertó una intensa punzada de dolor en el bajo vientre. Creyó desfallecer cuando se tocó la zona dolorida y al apretar escuchó el sonido de cristales que se quebraban dentro de su cuerpo. Un sonido agudo y nítido, como de cristales al romperse bruscamente contra una superficie sólida, le hizo tambalear y caer. Entonces, todo se nubló.

Despertó varias horas después. El dolor había desaparecido pero se preocupó. Aquello no era normal. Tendría de pensar en ir al médico. Lo cierto era que sentía un odio casi visceral hacia las consultas médicas. Siempre le parecieron una absoluta pérdida de tiempo; no le interesaban en absoluto los diálogos absurdos y aburridos sobre el tiempo o las noticias políticas del momento. Pero no tenía más remedio, si la cosa seguía así, definitivamente tendría que pedir cita en su centro de salud.

Decidió no comentarle nada a Candela. Al fin y al cabo, seguro que se trataba de un asunto sin  importancia. El transcurso de los días sin la aparición de nuevos destellos y la proximidad de los exámenes finales hicieron que aquellas molestias pasaran a uno de los últimos lugares en su lista de prioridades.

Una noche, le despertó la urgente necesidad de aliviar la vejiga. Entonces se repitió la punzada de dolor pero aún más intensa, aún más profunda, aún más lacerante. Lo primero que le vino a la mente fue la cara de dolor de su padre cuando sufrió el problema de piedras en el riñón. Fue la primera vez que le vio llorar. Tengo que ir al médico, pedir cita pero ¡ya!, pensó cuando el dolor se hizo más y más intenso. De pie, frente a la vasija, lo vio. En la punta de su miembro había un trocito de algo. Aquello, ¿brillaba? Era muy pequeño pero estaba seguro de haberlo visto resplandecer. Centró la atención en su pene. ¡No podía ser lo que estaba viendo! De su sexo no caía líquido sino pequeños cristales que se perdían en el limbo del agua de la vasija mezclados con pequeños hilillos de sangre, ínfimas culebras que se cimbreaban amenazando el blanco de la porcelana. La intensidad del dolor le hizo tambalear y casi caer nuevamente al suelo pero esta vez logró llegar hasta la cama y tumbarse en ella.

Le despertó el insistente sonido de su teléfono móvil. Estaba cansado, profundamente agotado, y, sin embargo, se sentía extrañamente ligero, liviano, como si su cuerpo hubiera perdido varios kilos de carne y grasa.

¡¿Veinticinco llamadas perdidas?! ¡¿170 mensajes de whatsApp?! ¿Por qué no contestas? ¿Dónde andas? ¿No vienes a la facultad?¿Qué te ocurre? Estoy preocupada por ti. Hijo, si no llamas ya, cojo el avión y me planto allí ya mismo. ¿Vienes mañana a la fiesta  de Javier? Mensajes de Candela, de su madre y de sus amigos, invadían la pantalla del móvil.

¿Mañana? ¡Pero si la fiesta es el sábado! ¿Qué hora era? Las 16.35. Bueno, todavía contaba aún con dos días antes del fin de semana. Algo le llamó su atención. ¿Viernes? ¿Era viernes? ¡¿Había dormido durante dos días seguidos?!

Entonces descubrió unos pocos cristales repartidos sobre la sábana. Refulgían como recién salidos de la pulidora. De pronto observó con estupor los dedos que sobresalían por debajo del pantalón del pijama. Podía ver el suelo ¡a través de ellos! Se movió con precaución, pero cuando apoyó el pie, éste se resquebrajó, rompiéndose en cientos de piezas transparentes. En aquel momento, su cuerpo, antes amasijo de tejidos, carne, músculos, sangre y piel, comenzó a romperse obedeciendo a la escalofriante inercia de una imparable fila de fichas de dominó en frenesí huida hacia la nada.

Intentó gritar, moverse, alargar la mano para asir el móvil en un intento inútil de pedir socorro, pero era un hombre de cristal que se agrietaba con cada intento de movimiento. La certeza del fin se apoderó de él cuando sintió que su cara y su boca se resquebrajaban en diminutos fragmentos traslúcidos que caían desperdigados a su alrededor. Intentó mover la cintura pero, justo en aquel instante, cientos de cristales provocaron el caos en el dormitorio.

Fue la propietaria del apartamento quien informó a la madre de la ausencia del joven. Sí, allí estaban todavía todas sus cosas. Los libros sobre la mesa, la comida en la nevera y un móvil sobre la mesilla de noche. Quizá habría celebrado una gran fiesta, y puede que hubiera terminado en una pelea porque la cama estaba cubierta de trocitos de cristales rotos por todos lados. Sin embargo, no hizo referencia alguna a los dos cristales de mayor tamaño que encontró justo en medio de aquel enjambre de pequeños vidrios.

Eran realmente hermosos. De un intenso color azul, profundo, como el mar. Con ellos en la mano se situó frente al espejo del baño. Con un rápido movimiento, extrajo el ojo derecho de su cornea y lo dejó caer en el lavamanos, haciéndose añicos de un solo golpe. En el hueco emergente, dispuso uno de los cristales grandes encontrados sobre la cama. Hizo la misma operación con el otro ojo. Al finalizar, se observó orgullosa. Definitivamente, le sentaba muy bien aquel color de ojos. Le favorecía, le hacía sentir diferente, diría que hasta más hermosa.

Entonces, lo vio todo con una claridad pasmosa. Después de dos años, ya me hacía falta un cambio de lupas, pensó profundamente satisfecha de su nueva imagen mientras volvía a llamar a la madre de su inquilino y le invitaba a retirar cuanto antes las cosas de su hijo del apartamento. No, en principio no iba a alquilarlo al menos durante las dos próximas semanas, le comunicó, aunque, en realidad, tenía la esperanza de no volver a necesitar de un nuevo inquilino en mucho tiempo.

Al menos, durante los próximos dos años.

(c) Josefa Molina

 

Texto publicado en espacioulises.com


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