At last

At last

(NOTA: Se recomienda escuchar la canción ‘At last’, de Etta James, mientras se lee el texto. La lectura será mucho más sensual…)

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Por fin mi amor ha llegado, mis días solitarios han terminado, y la vida es como una canción.…escucho la voz sensual a Etta James en la radio. La música me transporta como una vez lo hicieron tus manos. Hace mucho tiempo que no formas parte de mis días. La vida tiene esos recovecos misteriosos, esos que te llevan en los momentos que menos esperas, a una persona que ya creías fuera de tu vida, de tu mente, de tu cuerpo.

Es una suave noche de verano, sin apenas ruidos en la calle. El mundo duerme, todos alrededor permanecen en silencio. Todos menos yo. La temperatura de la habitación es tan sumamente cálida que me dejo arrastrar…

La mente me trae imágenes de tus manos, de tu boca… Tus labios. Imagino tus labios. Y esa forma tuya de besar. Cuánto me gustaría tener tu boca aquí, ahora, esta noche. Recuerdo la primera vez que me besaste. Probablemente, no hubo un lugar más hermoso que aquel para nuestro primer beso. Me pregunto si lo recordarás después de tanto tiempo.

Era una tarde de mediados de julio. Hacía calor. Empeñado en hacer de guía por la isla, acabamos en el sendero que lleva hasta la falda del Roque Nublo, el lugar más romántico y mágico de la isla para ver una puesta de sol, me dijiste orgulloso. Para mí, una mujer de continente, recorrer aquel sendero entre pinos y barrancos me causaba cierto pavor que tú te encargabas de tranquilizar cogiendo mi mano. Sentirla pegada a la mía caminando por aquel sendero estrecho justo antes del atardecer, comenzó a excitarme. Deseaba con toda mi alma que no la soltaras. Mi cuerpo se tensaba cada vez que el tuyo lo rozaba ligeramente y que tus manos, grandes y tersas, presionaban con mayor fuerza las mías. En mi mente, se dibujaba el preludio de lo que vendría después.

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De pronto te paraste. Allí estaba, el imponente sol se ocultaba lentamente para besar la quietud de un mar lejano. Con una espléndida sonrisa, me mostrabas el espectáculo del que éramos testigos únicos. A nuestras espaldas, ochenta metros de macizo volcánico nos resguardaban de la humedad que acompañaba el ocaso.

Entonces, me fijé en una solitaria gota de sudor que resbalaba por tu cuello. No sé si fue la intensidad del momento, o el deseo que comenzaba a arañar mis entrañas, el que me impulsó directamente a lamerla. Con tus manos aferrando mi cintura, me alentabas a continuar el recorrido de mi lengua por tu cuello, que subía por él lentamente buscando tu boca. Unos carnosos labios me esperaban entre abiertos. No recuerdo mayor sensación de ardor en mi vida. Una explosión de sensaciones se hicieron una en mi cuerpo mientras tus manos ansiosas acariciaban mis pechos endurecidos por la excitación. Poco importó que estuviéramos en un lugar en el que en cualquier momento podrían llegar otras parejas que, como nosotros, buscaban ser testigos de tanta belleza. Los ojos de posibles testigos nos eran indiferentes, centrados como estábamos en nuestras manos, en nuestras lenguas, en nuestra piel.

Despacio me quitaste la camiseta. Yo, rápida, te despojé  de la tuya. Me desabrochaste el pantalón. Tu mano se coló por dentro de mi braga. Tus dedos comenzaron a acariciarme tan lentamente que casi dolía. Yo te quité el tuyo. Me recibió una erección sublime, firme, que desafiante me retaba y yo, que adoro los retos, la hice mía. Te escuché jadear entregado a la sensación de sentir mi lengua recorriendo tu glande. Todo tu placer dependía enteramente de mí, de mi lengua, de mi boca, de mi entrega. Y me sentí poderosa. Eras mío. Totalmente mío, at last.

De pronto, me atrajiste hacia ti. Frenético, me besabas mientras empujabas mi cuerpo para tumbarlo sobre la tierra. Lentamente, me separaste los muslos. Mis músculos se tensaron expectantes. Y entonces, el placer. Tu lengua se posó sobre mi vulva, haciendo suyos mis labios, jugando con mi clítoris, tan excitado y erecto, que el solo lamer provocaba en mí espasmos de gozo. Entonces, fui tuya. Tan enteramente tuya como nunca he sido de otro.

El ansia nos engulló, los cuerpos se buscaron el uno al otro, acoplándose a la perfección, como si siempre hubieran estado ahí, como si ya se conocieran de antiguo. En movimientos acompasados, te tuve dentro de mí con la pasión de los amantes que se entregan sabiendo que aquella será su primera y última vez. Cada penetración hacía que mi cuerpo se convirtiera en una bomba a punto de estallar. Bocas, labios, lenguas, manos, piel, sudor, todo se hizo uno con el mayor de los estremecimientos. Todo mi cuerpo fue placer. Todo tu cuerpo quedó vacío.

Permanecimos en silencio unos instantes, intentando fijar en la mente la siempre fugaz sensación de éxtasis, y entonces, elevamos la vista hacia el cielo. Allí, inmóvil, arrogante, ajeno a nuestro deleite, nos observaba el Roque Nublo, testigo mudo de nuestra dicha.

Fue la última vez que te vi. Tres días más tarde la vida me devolvió a mi realidad a cientos de kilómetros de ti, de tus manos, de tu isla, de aquel atardecer. Y sin embargo, a pesar de los años, a pesar de la distancia, a pesar de tu olvido, cada vez que las noches de verano me transportan hasta aquellos días, mi cuerpo se estremece y mi boca desea hacerte, at last, totalmente mío. 

Agosto, 2016

‘At last’ de Etta James

(c) Josefa Molina


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