Zapatillas de ballet

Zapatillas de ballet

ballet

En penumbras, caminó lentamente hacia el centro del escenario. Al instante, el espacio se iluminó y todos los ojos se posaron en ella. Situó sus pies en la clásica posición croisé devant y comenzó a danzar suavemente con los primeros compases del Adagio de Albinoni.

Su cuerpo se hizo uno con la superficie del escenario en el que flotaba como movido por múltiples brazos invisibles. La perfecta sincronía de movimientos hacía que su cuerpo dibujara hermosas siluetas en el aire. Sus zapatillas de raso de color rosa apenas rozaban el suelo, empeñadas en hacer que flotara por la atmósfera al describir arabesques casi imposibles. Su cabello oscuro ondeaba con cada giro mientras su rostro era la más sincera expresión de tristeza.

Se sentía hermosa y extraña, delicada y fuerte, desvalida y valiente. Había llegado hasta allí. Había demostrado al mundo entero que podía ser una figura de la danza clásica contemporánea. Durante los casi nueve minutos que duró la pieza musical, el silencio del teatro nacional era absoluto. Todos la contemplaban complacidos de poder observar tanta belleza y maestría concentradas en el cuerpo de una bailarina.

Finalizó su actuación con un grand jeté girado que culminó con su cuerpo delicadamente reposado sobre el suelo. Por un momento, el silencio fue sepulcral hasta estallar en una arrebatora explosión de aplausos. Se incorporó satisfecha para saludar a su público. Lo había logrado. Estaba en la cima de su carrera. Y quería más, mucho más.

Vestido de un triste color gris de arriba a abajo, la observó desde el patio de butacas. No entendía qué tenía de bonito ni de excepcional toda aquella cursilería del baile. Una mujer dando vueltas y más vueltas como una peonza sin ningún sentido y encima siempre acompañada con música clásica. ¿Es que quieren dormirnos a todos?, se preguntó cuando comenzó a bostezar. Con cara de pocos amigos, la miraba sin llegar a entender el objetivo práctico de tanta pirueta. Él era más de acción. Adoraba las películas donde los coches se fugaban a toda velocidad y los protagonistas arreglaban todas sus desavenencias a base de tiros. Definitivamente ese tostón de la danza no iba con él. Pura mariconada. Un ejemplo más de la debilidad femenina, se decía a sí mismo. Por eso hay tanta debilidad en el mundo, por este tipo de cosas que se empeñan en llamar arte. Pero aquello se iba a acabar. Por su parte, ya había cumplido. Había ido al teatro y pagado una entrada por ver aquella bazofia, pero hasta ahí llegaba. Se pasó la mano izquierda por el cráneo rapado mientras que, con la derecha, acariciaba la pistola que colgaba de su cinturón.

Escondió rápidamente la muñeca cuando escuchó los pasos que se acercaban por el pasillo hasta su habitación. Frenético buscó un lugar donde ocultarla. Cuando la puerta se abrió, el niño miró a su padre con gesto de interrogación.

-Te he llamado dos veces para que vengas a cenar y sabes que no me gusta hacerlo más de una vez, le recriminó con voz severa- ¿qué estás haciendo?

– Jugando, papá, a desfiles militares- le señaló mostrando el despliegue de camiones colocados en hilera y de soldados sentados como si estuvieran mirando una comitiva.

– Muy bien, hijo, un auténtico machote, eso es lo que eres – El niño sonrió. No eran muy frecuentes las muestras de cariño paternas por lo que siempre estaba presto a recibir su reconocimiento- No como esas mariconas del ballet…¿no seguirás todavía con la idea absurda del baile, verdad?, le preguntó en tono de desaprobación.

– No, papá, no. ¡Pero si aún no sé lo que quiero ser de mayor!….- afirmó intentando ser convincente.

– ¡Ese es mi niño! -aprobó el padre- pues, venga, a cenar.

– Ya voy; voy a recoger primero que luego mamá se enfada.

– Rápido, soldado, que te estamos esperando.

Cuando la puerta se cerró, el niño agrupó al soldado vestido de gris con pistola en la cintura y al resto de muñecos y los metió uno a uno en una caja de plástico duro que utilizaba para guardar sus juguetes.

Después, recogió suavemente a la bailarina de debajo de la cama donde la había lanzado minutos antes y la introdujo en una caja adornada con pequeños triángulos de colores, en la que atesoraba todo aquello que más amaba: su primer coche de carreras; una nota de Marta, su primer amor; su primer libro de Julio Verne y la muñeca de baile de zapatillas de raso de color rosa. Colocó la caja encima del ropero donde ninguna mano pudiera llegar más que él.

Han pasado cuarenta años de aquel día y aún hoy, cuando quiere rememorar algunos de sus muchos sueños incumplidos, abre la caja. En su interior, le espera la siempre sonrisa imperecedera de su pequeña bailarina con zapatillas de ballet.

Publicado en palabrayverso.com

(c) Josefa Molina


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