La pintora

La pintora

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Comenzó a caminar por la habitación sin rumbo. Pintar le dejaba siempre exhausta. Era como desangrarse lentamente ante un lienzo, sin saber a ciencia cierta qué iba a surgir entre aquella bruma de colores.

Hoy volvió al gris y el azul de los que nunca se había ido del todo. Ella era de colores oscuros, siempre lo fue, como toda su vida, siempre fue gris y azul, a veces algún amarillo e incluso un tímido toque en rojo, pero las alegrías no eran muchas en su existencia, como tampoco lo eran los colores de las flores ni de los bosques.

Se crió en un barrio industrial, donde todo era gris, negro y marrón, demasiado oscuro para siquiera ser capaz de mirar más allá de las paredes de las fábricas y descubrir el azul del cielo o el verde de los viñedos.

Por eso, un día decidió partir a buscar otra paleta de colores. Esa tarde llegó al mar. Esa inmensa masa cimbreante de olas que iban y venían, azules, eternamente azules, dejándose acariciar por el amarillo tardío del sol. Los tonos amarillos, rojos intensos y anaranjados de las puestas de sol se hicieron presentes en sus cuadros de personas sin forma y mares bravíos que estallan contra las rocas.

Pero hoy recibió la carta. Y volvió su paleta al gris y al azul.

La tristeza no se puede pintar con colores cálidos.

Nota: En la imagen, la pintora judía Charlotte Salomon, no tiene nada que ver con el texto más allá de la inspiración del mismo.

(c) Josefa Molina


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