El búho de la plaza de Santiago

El búho de la plaza de Santiago

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La observaba mirar insistentemente hacia la copa de los árboles. No pude evitar fijarme en aquella niña que llegó apresurada hasta la plaza de Santiago, portando una mochila a su espalda. Yo, como cada tarde, estaba dando vueltas alrededor del pozo, tal y como me había insistido mi médico de cabecera. Haga algo de deporte cada día, aunque sea media hora de paso ligero.

Mientras obedecía la recomendación médica, la contemplaba con atención. Se acercó a uno de los árboles de la plaza, sin perder  la fijeza de su mirada en las sombras arbóreas. Dobló las piernas sentándose sobre el frío suelo de losa gris. Su melena rubia ondeaba cimbreante sobre los hombros cubiertos por una sudadera azul. Pareciera temer que si bajaba la cabeza, aunque tan solo fuera por un segundo, perdería la oportunidad que esperaba. Pero….¿qué esperaba?

De pronto, sonrió. Sin desviar la mirada del punto fijo en la auracaria, alargó la mano, procurando no hacer ruido, y la introdujo en la mochila. De su interior, extrajo una libreta y un lápiz de carboncillo negro. Yo mientras contemplaba la escena fascinada, preguntándome qué misterio era aquel que tanto requería la atención de la pequeña.

Levanté los ojos y lo vi. Allí estaba, un majestuoso búho de enormes ojos negros. Su plumaje era de una belleza descomunal y de un tono tan pardusco que le permitía camuflarse con facilidad entre la ramas de los árboles que adornan de siempre la plaza de Gáldar.

En un instante, tan solo por un segundo, me pareció percibir cómo las miradas del búho y de la niña se cruzaban. En ese momento, hasta el constante y parsimonioso sonido del agua del pozo enmudeció. Todo quedó sumido en el mayor de los silencios. En aquella isla, en aquella ciudad, en aquella plaza, solo estaban el búho y la niña.

Entonces, el animal abrió las alas y, sabedor de que lo observábamos, voló despacio, regalándonos así un instante de una belleza indescriptible, única, antes de desaparecer entre las ramas de los laureles de indias.

Cautelosa me acerqué y le dije: ‘Da suerte, ¿sabes?’ Me miró sin entender. ‘Ver un búho, da suerte’, le expliqué. ‘Sí, es cierto’, afirmó emocionada, ‘después de cuatro días, lo he visto por fin. Eso es tener suerte”.

Desde ese día, el dibujo que hizo del búho adorna la pared principal de mi salón. Lo quiero ahí. En un lugar visible, en un lugar en el que todas las miradas puedan posarse sobre él, para que siempre me recuerde el significado de la constancia y de la paciencia pero, sobre todo, para que siempre me recuerde que, si lo deseas, es posible captar en un solo instante toda la belleza del mundo.  

Publicado en Infonortedigital

(c) Josefa Molina

Twitter: @JosefaMolinaR


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