El contador de personas

El contador de personas

refu-4A golpe de click, iba registrando a todas las personas con las que se cruzaba en su camino, en el pequeño aparato diseñado para ello. Este trabajo le requería una gran capacidad de concentración y destreza que se encargaba de perfeccionar en los centros comerciales.

La hora de la salida de los cines era el mejor momento para entregarse a su singular labor de contar personas. Se apostaba estratégicamente frente a las puertas de las salas y desde allí comenzaba su particular ritual de cálculo. Siete, trece, dieciséis, veinte, treinta y dos… Siempre en entregada soledad. Un solo hombre frente a centenares por enumerar. No sabía el motivo exacto pero lo cierto era que aquella labor de contar le apasionaba sobremanera. Y lo que más le gustaba es que todos formaban parte de su pasión, todos, sin saberlo. Cualquier plaza, cualquier centro comercial, cualquier calle transitada, cualquier cine, cualquier sala de teatro, le proporcionaba el material necesario para computar. Todos eran actores secundarios de una gran obra cósmica que solo él sabía entender: con cada click que ejercía sobre su ‘cuenta-personas’, captaba la esencia de todos a los que enumeraba, a los que otorgaba un número correlativo, aquellos a los que no conocía ni quería conocer, aquellos que formaban parte de su ceremonial diario, de su entretenimiento preferido, de su cálculo, de su enumeración. Todos aquellos que convertía en meros números escritos sobre una hoja de su libreta.

Se argumentaba a sí mismo que quién querría saberlo. Aquello no era de interés de nadie, y para él, constituía una manera sencilla de pasar el tiempo entregado a lo que más le gustaba: contar, enumerar, computar personas como quien hace estadísticas. Al fin y al cabo, se decía, ¿qué somos sino estadísticas, fríos números sin rostros, sin corazón, sin piel, sin sentimientos, sin vida?

Y, sin embargo, en el fondo, se resistía a considerarlo así. Por eso, procuraba que aquellas cifras que apuntaba cada día en su pequeña libreta fueran algo más, algo así como sus íntimas compañeras, un conjunto de cifras con las que afrontar sus largas tardes de soledad. Al menos, así le gustaba considerarlo cuando, al llegar a casa, garabateaba los números cuasi-mágicos apuntados de cada jornada: 67, 123, 324, 20…

En una ocasión llegó a contabilizar 1.567 personas, su recuento más elevado registrado en un solo día. Fue en una manifestación a la que acudió sin pancarta ni consignas que gritar. Según había leído en la prensa, aquella manifestación tenía como objetivo exigir a Europa medidas humanitarias para la atención de las personas que llegaban a miles a las fronteras de Grecia y Turquía, buscar soluciones para evitar la muerte de cientos de personas, mujeres, niños y hombres en las aguas del Mediterráneo.

Pero él asistió con un solo objetivo: detallar en cifras cuántas personas acudían. Simple cuestión de estadística. Lo cierto era que la situación de esas miles de personas no atormentaba su conciencia. Sabía de su existencia por los medios, pero su interés por todo aquello que no se pudiera contabilizar era más bien escaso. Él era un compilador de cifras, un místico de las cuentas, un ser capaz de observar en los números indescifrables mensajes a los que el resto de la humanidad era totalmente ciega. ¡Un ser al que se le había concedido el sublime don de la enumeración! 

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Según escuchó a las personas que se manifestaban, en los campos habrían muchas cifras que recabar, muchas cantidades que apuntar en sus inmaculadas libretas de cuadritos.  Así que se planteó que quizá no fuera mala idea ir como voluntario a los campos de refugiados. No con el objetivo de ayudar, sino de enumerar. 

Tan solo durante los dos primeros días registró en su ‘cuenta-personas’ a 735 nuevos refugiados que descendieron de destartalados buses llegados de diferentes puntos de la región. Tenían los rostros cansados, los cuerpos mutilados y el alma rota. Pero eso no se podía contabilizar. Un día descubrió que eran más los que lloraban que los que reían. Y eso sí que podía ser contabilizado. Así que comenzó a enumerarlos según categorías de ‘tristes’ y ‘esperanzados’. Sin embargo, resultó que ya no disfrutaba al contar; que no sentía el placer que siempre le embargaba cuando enumeraba por categorías a aquellos a los que deshumanizaba para convertirlos en simples cifras.

Un día, con las primeras luces del alba, acudió con su grupo de voluntarios a una playa cercana alertados por la llegada de una enorme barcaza repleta de inmigrantes. Cuando vio el primer cuerpo flotando, hizo click con su contador de personas. Nueva categoría, pensó, ‘muertos que buscaban una vida mejor’, fallecidos en pos de una esperanza en Europa. Alzó la vista y miró con más detenimiento. Y entonces, los vio. En el mar, flotando, centenares de cuerpos aparecían dispersos, inertes, mecidos por las olas que los iban acercando lentamente hasta la orilla.

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Despacio, se aproximó al cuerpo de una mujer que yacía boca abajo. Categoría: muerta que buscaba una vida mejor. Descubrió asombrado que su mano temblaba, el dedo de apretar el ‘cuenta-personas’ se resistía a presionar el conocido botón. De pronto, oyó un débil sonido, una especie de llanto ahogado. Observó más de cerca. Unos brazos de bebé sobresalían entre las telas mojadas del cuerpo femenino. Se agachó para extraer de entre las pesadas ropas de la mujer, a un bebé de apenas unos meses que milagrosamente aún respiraba, resistiéndose a morir en aquella playa, resistiéndose a ser un número más de su lista. Se quitó la chaqueta y lo pegó con toda su fuerza a su emocionado cuerpo. Por primera vez en su vida sintió que la cifra tenía rostro: el de la esperanza.

Desde ese día ya no enumera personas, ya no convierte en cifras a los demás. Ahora, en su libreta solo escribe, para no olvidar, los nombres de las personas con los que comparte el calor de una manta y un plato de sopa caliente, esos mismos que duermen, comen, aman, lloran y, a veces, sonríen, bajo los incontables techos de plástico de los campos de refugiados. Esos mismos a los que Europa ha convertido en simples cifras, las mismas que él ya se niega a contar. 

Nota de la autora: 

Por favor, NO OLVIDEMOS que existen otras realidades, personas que se juegan la vida por hacer lo que todos haríamos: buscar una posibilidad de vivir lejos de la miseria, de las guerras, de la infamia humana. Con toda la humildad del mundo, este texto va por todas esas personas que no son cifras, no son números, que tienen rostros y el mismo derecho que tú y que yo a una vida tranquila, a un futuro, a una opción.

¡PAREMOS ESTE CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD¡ ¡¡YA!!

 

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Noviembre 2016

 

(c) Josefa Molina

@JosefaMolinaR

 


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