El latido de la naturaleza

El latido de la naturaleza

ribas

Fue la primera vibración la que la hizo comenzar a bailar. Sintió el temblor como si de un murmullo se tratara. Primero ascendiendo lentamente por la planta del pie, después subió suavemente por las pantorrillas, luego ascendió el sendero de la piel muslo arriba, entonces continuó el camino cada vez más hasta alojarse en sus caderas. Y entonces, comenzó a danzar.

Primero curvó la cintura dibujando un suave círculo en el aire. Entonces estiró los brazos como si estuviera siendo mecida por una inexistente brisa. Luego estiró su cuello para atrás y su larga melena negra quedó colgando en el infinito. De pronto dio un salto como si saltara de un acantilado sin fin.

A la primera vibración le siguió otra más intensa. Y el estremecimiento de su cuerpo fue aún mayor. Un aire frío recorrió como un rayo su espalda como si cientos de descargas eléctricas escalaran furiosas por su piel.

Sintió un tercer temblor, aún mayor, aún más estridente. Y el paroxismo asumió sus cuatro extremidades. Sus pies la elevaban en incontables piruetas mientras sus brazos aleteaban como si estuvieran intentando cazar sinuosas mariposas.

El silencio de la sala era absoluto. Móviles apagados. Bocas selladas. Ojos ávidos que no perdían la atención sobre el extraño baile de la cíborg bailarina. Sus brazos escarbaban el aire buscando tesoros invisibles. De pronto volvió a sentir otra sacudida y su cuerpo simuló ser una gacela ágil que saltaba sobre la hierba seca.

Más de ciento cincuenta personas admiraban enmudecidos y rígidas los orgiásticos movimientos de la bailarina. Ni un solo aliento se escuchaba en todo el recinto.

Extasiada, agotada, rendida, cayó sobre el escenario. Durante varios segundos la bailarina permaneció en la más absoluta quietud. Entonces, a los primeros tímidos aplausos, siguieron cientos de palmas de mano que se unían a otras fundiéndose en un aplauso potente y alargado.

Despacio se incorporó. Y se acercó al centro del escenario mientras a los aplausos siguieron vítores de reconocimiento y admiración. Todos querían verla de cerca, todos deseaban tocarla. Alargó sus brazos para que todos pudieran verlos. Dos dispositivos electrónicos resplandecían en sus muñecas como trofeos. La sala retumbó por las exclamaciones del público. Era cierto. Podía sentir las vibraciones de la tierra, los movimientos del planeta. Era una cíborg bailarina.

Ella miró orgullosa al público . Cientos de ojos la observaban. Y ella cerró los suyos. Sintió el segundo latido. El latido del mundo que latía en ella. El movimiento de las placas tectónicas, el rugir de los volcanes, el temblor del alma de la naturaleza. Y lloró. Porque solo ella sabía lo que vendría después. Entonces comenzó de nuevo a bailar ante el estupor del público que pensaba que la función había llegado a su final. Pero no era más  que el principio.

Primero fue el silencio. De pronto todo comenzó a temblar. Las paredes se recubrieron de enormes grietas. El suelo  del teatro se resquebrajó. Las entrañas de la tierra se abrieron. Las tuberías de agua comenzaron a escupir su líquido entre las cientos de personas que intentaban huir en todas las direcciones. En ese momento, el techo del teatro se desplomó y cascotes de hormigón aplastaron cabezas y cuerpos.

Todo se hizo silencio apenas roto por algún que otro gemido que entresalía entre los escombros de lo que fuera el Nueva York City Center, uno de los teatros más prestigiosos del mundo. Lo último que vieron sus ojos fue un hermoso cielo estrellado. No recordaba que hubiera estrellas en Nueva York.

Una nueva agitación subía por sus sanguinolentas muñecas. Un gran viga aprisionaba su cuerpo de pecho para abajo. Cerró los ojos. Aún puedo bailar con la mente. Unirme a la tierra, sentir el latir de la naturaleza. Ahora soy una con ella. No somos dos latidos. Ahora, somos un solo corazón.

El bombero del servicio de rescate la reconoció al instante. Ciertamente tendría que ser falso que podía sentir los movimientos de la tierra porque si no, no se entiende cómo estaba allí, atrapaba, inerte entre los escombros, cómo no se puso a salvo… Aquello de ser una cíborg bailarina debía de ser una patraña. ¡Nadie puede sentir el latido de la naturaleza por muchos dispositivos electrónicos que se injerte en la piel! Una pena, pensó, porque bailando era una autentica delicia.

Enero 2017

(c) Josefa Molina

@JosefaMolinaR

Si quieren saber algo más sobre los cíborgs, pinchen en los enlaces: Neil Harbisson y Moon Ribas


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