Vestido blanco

Vestido blanco

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Pintura: Loly Montesdeoca

Siempre quise ver tu mar. Pero nunca tuve tu coraje ni tu entrega. Ahora estoy anclada a las cadenas de la memoria y apenas, por momentos, sé quién soy. Pero recuerdo el día de tu partida. Yo te abracé y tu me prometiste un traje blanco con ribetes de encajes para mi cumpleaños. El vestido llegó apenas dos días antes de mi doce cumpleaños. Junto a él una carta de seis páginas que la maestra leyó a madre. Madre lloraba y lloraba y yo me enfadé con ella. Su llanto no me dejaba escuchar a doña Juana. Solo llegué alcanzar que trabajabas en una plantación de palmeras de coco, que el sudor era constante y que, en la distancia, la soledad dolía en el alma.

Luego se hizo el silencio y durante meses no supimos de ti más que a través de Julián, el hijo del practicante que no quiso seguir los pasos de su padre pero siguió los de los miles de emigrantes que se marcharon llenando de silencio la plazoleta y el bar de don Eustaquio. Después murió padre y tú, sin saber cómo, te enteraste, mandaste dinero para el entierro que llegó tres semanas más tarde cuando madre ya había vendido los platos de plata de la tía Manuela.

Después, Emilio creció y quiso seguirte pero madre no quería volver a perder otro varón. Así que se enroló en el ejército y allí ganó en valor pero perdió en dignidad, la que le arrebataron en África. Creo que por eso decidió que no quería seguir viviendo. Dicen que lo último que dijo fue ‘vacaguaré’. Yo no lo sé pero madre se oscureció y envejeció vestida de negro para siempre.

A mi dejó de servirme tu vestido blanco cuando recibimos tu carta. ¡Ibas a ser padre! Yo saltaba de alegría pero madre dejó de sonreír. Yo creo que por eso un día ya no se levantó. Y me quedé sola. Con 19 años comencé a vivir con la tía Encarnación en la calle Real. Fue allí donde conocí a Florencio. Su familia era de donde las fuentes eran calientes como el volcán. Creo que por eso estalló en volcán. Por el fuego de las fuentes. Y ya ves, después vinieron dos años de novios, la boda y Pablito.

Pero yo seguía guardando tu vestido blanco con encajes. Míralo. Aquí está. Huele a alcanfor pero sigue igual de hermoso. Y entonces, llegó la carta. Pero ya no eras tu quien escribía, hermano, sino tu hijo, mi sobrino, ese que nunca conocí, ese que tendrá acento cubano. Un indiano que quizá algún día venga a conocer la tierra de su padre, quizá arroje tus cenizas al mar en la punta de la Gaviota, donde la isla se hace curva y ve nacer cada día el sol.

Ahora soy yo la que escribo. Nunca antes lo hice. También yo me olvidé de tu pelo, de tu boca, de tu sonrisa, pero nunca de tu abrazo. Si cierro los ojos, aún puedo sentir la fuerza de tus manos. Pero, ahora te tengo que dejar. Creo que me pondré tu vestido blanco antes de cruzar el charco.

Y tú tendrás dieciocho y yo seré solo una pequeña niña de doce que llora tu partida.

Te quiere siempre, tu hermana.

Mayo 2017

(c) Josefa Molina

@JosefaMolinaR

Nota: Texto integrante de la exposición pictórico-literaria ‘Latidos entre dos orillas’, expuesto en la Sala Sábor, Gáldar, mayo-junio 2017


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