Ya no era ayer

Ya no era ayer

 

Y la besé otra vez

Pero ya no era ayer sino mañana

‘Donde habita el olvido’

Joaquín Sabina

 

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El recuerdo es una caja de Pandora.

Noté su mirada desde la distancia. Tal vez pensara que no me había percatado de su presencia pero era imposible: hacía tiempo que sentía sus ojos clavados en mí. Quizá esperaba una señal. Algo sutil, un suave aliento que le indicara que yo también le había reconocido. Pero no tenía la más mínima intención de hacerle notar nada. Menos aún estando Francisco a mi lado.

Lo cierto es que había pasado mucho tiempo. El recuerdo de la piel que había hecho mía era tan solo un olvido disfrazado de sombras, una reminiscencia del pasado que permanecía almacenada en algún rincón oscuro de mi disco duro mental. 

Fue Ángela la que insistió en ir juntas a la playa. Habrá música, comida y mucha cerveza. Sobraban los motivos. Tomamos el primer tren que no iba hacia el norte. En tres horas introducíamos nuestra blanca y erizada piel en el tibio mar del mediterráneo.

Tenía la sonrisa más hermosa del mundo. Fue lo primero que captó mi atención nada más posar mis pies descalzos sobre la húmeda arena. Sus ojos se fijaban en mi cuerpo con el descaro imprudente de los veinte años. Toma, está bien fría, seguro que te gusta así, dijo y acepté la cerveza.   

El primer beso llegó entre olas y, de pronto, estorbó la ropa. Aún recuerdo el mar de su piel, el dulce aliento del trigo de su boca; el firme puñal de su sexo; la promesa de placer de su lengua. No me separé de Pedro durante los tres días. Dos húmedas lapas pegadas la una a la otra. Con el sol del cuarto amanecer llegó el llámame un día.

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

¿Cuántos años han pasado?, me preguntó situándose a mi lado. Leve roce de las telas. y una corriente eléctrica ascendió fulminante por mi espina dorsal. Estaba tensa y excitada, arrastrada por la piel de mis veinte años. ¡Esa sonrisa, esa eterna sonrisa…!

Más de quince. Sabía que me habías reconocido, afirmó buscando ver más allá en mi mirada. Sí, claro, ¿cómo olvidar? Te presento a mi marido. Francisco, este es Pedro, un amigo de juventud. Sonrisa forzada. Incómodo silencio. En fin, me alegro de verte. Y yo más de verte a ti…

Días más tarde, llegó su invitación a un simple café. Por aquellos días en la playa. Sí, por qué no, por aquellos días en la playa, y porque sé cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar.

Cuando abrí los ojos, su cabeza estaba junto a la mía apoyada sobre la almohada. Y quiso besarme pero ya no era ayer sino mañana. Y él, mejor que nadie, sabe que hasta los huesos solo calan los besos que no has dado, los labios del pecado. 

Cerré la puerta sin un adiós, sin un llámame un día.

Aún me pregunto cuántos besos perdí por no saber decir te necesito.

 

A Joaquín Sabina

por sus historias, por su música

 

‘Donde habita el olvido’ Joaquín Sabina

 

(c) Josefa Molina

@JosefaMolinaR


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