No cruces

No cruces

Callejon oscuro

Anselmo me lo había dicho. No se te ocurra cruzar por ahí. La oscuridad siempre es peligrosa. Pero yo nunca le hacía caso. Por qué hacer caso a aquel vejestorio inmundo, a aquel ser que lo único que hacía era pasarse todo el día sentado en la esquina de la calle, viendo pasar la vida sujeto a una botella de vino.

Apenas lo conocía. Llegó un día de no se sabía dónde y ocupó sin más la esquina de la calle. Al principio solo traía consigo una botella de cristal que se empeñaba en mantener oculta dentro de sucia bolsa de plástico. Cuando las farolas comenzaban a cubrir con su luz mortecina las aceras, desaparecía sin dejar rastro. Una tarde llegó arrastrando una maleta de ruedas cubierta de barro. Le faltaba una de las cuatro ruedas. Siempre me falta algo para ser feliz, decía mostrando su dentadura sucia y mellada. Desde ese día aquella parte de la calle se convirtió en su hogar, su pequeño reino particular.

Aquella noche tres farolas habían dejado de alumbrar. Yo no cruzaría por esa oscuridad. Nunca, ¡nunca!, gritó alterado cuando dudé ante la oscuridad reinante de la calle. No cruces, insistió pero debía cruzar si quería llegar a casa.

¡No cruces!, repitió con un hilo de voz. Cállate, hombre, ¡es solo una calle!, e irritado me adentré en la oscuridad. Lo último que recuerdo de Anselmo es verlo recoger sus escasas pertenencias y abandonar su sucia acera como alma que lleva el diablo. Por un momento, confundí su sombra con la de un perro negro que se escabullía en la nada.

Me adentré en la fría oscuridad como quien se adentra en el amor: con la misma desoladora sensación de terror en el estómago y el mismo miedo al lacerante sufrimiento de amar a quien no te ama. La advertencia de Anselmo retumbaba en mi mente calando en mi ánimo como solo calan la incertidumbre de las antiguas profecías. Como un aguijón que se clavara en mis entrañas, tuve la absoluta certeza de que lo prudente era volver sobre mis pasos, regresar, buscar la seguridad de la abandona iluminación de las farolas.

Entonces, vi la luz que se escapaba a través de una ventana. Me quedé hipnotizado deslumbrado por tanta belleza. De pronto, una pierna sobresalió a través de la única abertura en la pared. Le siguió la otra. Después un torso, seguidos de unos brazos y, por último, un rostro. No podía creerlo…¿era yo? ¡No cruces!, me dijo, pero crucé. Y mi yo saltó por la ventana.

Juro que no vi ni sentí nada. Todo era silencio. No habían luces ni murmullos de televisiones encendidas, ni ladridos lejanos de perros, ni ahogados suspiros que se escapaban desde dormitorios sin nombre, ni llantos de niños hambrientos. Ni dolor. Ni frío. Ni arrepentimiento. Ni tristeza. Ni añoranza. Nada.

En plena caída, sentí que una mano aprisionaba con furia la mía. Te dije que no cruzaras. ¿Por qué nunca me escuchas? Intenté contestar. No pude. Un intenso sabor a herrumbre invadía mi boca. Intenté mover los pies. Quise abrir los ojos pero estaba cansado, muy cansado.

Cuando desperté la aguja colgaba aún de mi vena envenenada. Inerte. Inmóvil. Sucia. Reutilizada. Giré sobre el costado y lo poco que había en mi estómago salió despedido por la boca como lava incandescente.

Al instante, percibí que no estaba solo. Levanté la vista y lo vi: el rostro de Anselmo me miraba fijamente en el espejo. Te dije que no cruzaras. Arrojé enfurecido lo primero que encontré a mano contra el cristal. Anselmo desapareció. Y yo me quedé a vivir en la oscuridad.

A veces, cuando la noche me arrulla en su silencio, cuando no hay sonidos ni tormentos, me parece escuchar su voz como en un susurro lejano, casi inaudible: te dije que no cruzaras.

Pero no le hice caso… y crucé.

– Fin-

(c) Josefa Molina


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