El inicio

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(…) y no quedó allí otra cosa que un cadáver y un misterio inexplicable para la justicia y aterrador para el pueblo. Entonces fue cuando el caso llegó a nuestras manos.

‘El perro de los Baskerville’

Doyle

Cuando amaneció el noveno día, supo que aquello no podía continuar así. Estaba agotado. Físicamente le faltaban varias decenas de horas de sueño, y moralmente, se encontraba vacío, perdido, sin objetivos ni metas por cumplir.

Atrás quedaba un año repleto nuevamente de éxitos, de reconocimiento social y profesional, y ahora, ¿ahora qué ? ¿Ahora cómo iba a llenar sus días?

Al principio, comenzó como un juego. Todo transcurría más rápido de lo que podía asimilar. Siempre fue parco en palabras, siempre fue muy reflexivo, muy racionalista, incluso, a veces, excesivamente lento en sus decisiones, pero ese carácter no había impedido que le hubiera ido bien las cosas. De hecho, le habían ido mucho mejor de lo que pensaba, pero tanta vida social, tanta presencia mediática, tanto estar donde no quería estar, terminó por pasarle factura.

Comenzaron los dolores del pecho. Luego las taquicardias, después las falta de oxígeno, el dormir mal, el levantarse cientos de veces en la helada noche mientras el resto del mundo dormía a pata suelta, ajeno a su angustia y a su desazón.

De pronto, la gente, los demás, los amigos, los que le seguían con pasión, incluso, su propia esposa, se convirtieron en seres non gratos, personas con las que no quería a su lado ni con las que le apetecía compartir espacio, ni tiempo ni tan siquiera el aire mudo de una misma habitación.

Aquella situación le parecía irrisoria, motivo de burla, de tan solo pensarlo. Él que había estudiado una carrera, que se había esforzado durante años y más años, obviando noches de sueños, perdiendo su juventud entre libros de textos, ensayos y grandes tratados; que había desdeñado las noches de diversión con sus amigos; que había perdido amistades pisando alguna cabeza que otra en su ascenso en aquel complicado espacio de falsedades, que había escalado sin reparos ni pudor los peldaños más escabrosos y sucios de aquel mundo ajeno a la mayoría de los mortales, ahora lo despreciaba, ahora se descubría a sí mismo deseando huir de todo, de todos y hasta de su propia sombra.

Claro que era consciente de que en todos sitios cuecen habas y que él no era lo que se dice el más limpio ni el más justo de los justos. De hecho se veía a sí mismo como un ser terriblemente humano, demasiado humano. Cometía fallos, a veces interpreta las cosas según su criterio moral y no según dictaba la ley ni los cánones conceptuales de la época que vivía. Desde luego, no se creía un dios a pesar de contar con la capacidad de decidir sobre el presente y, sobretodo, sobre el futuro, de muchos.

No, desde luego, era un semi dios, pero sí un virrey de la justicia, fuera esta realmente justa o no. Durante años envió a violadores a la cárcel, encerró a ladrones entre rejas, amordazó la existencia de estafadores, delincuentes, maltratadores y asesinos, y creyó hacerlo cumpliendo los más estrictos principios éticos de aplicación de la legislación vigente y cumpliendo con el más estricto derecho de  defensa hacia el enjuiciado.

Aunque había casos, situaciones, en las que más que como juez, hubiera actuado como padre, como hermano, como hijo o, simplemente, como amigo. Le hubiera gustado tomarse la justicia por su mano, ejecutar sin más de la forma más dolorosa y cruel al violador, al terrorista, al psicópata, al proxeneta, al maltratador y al asesino. Pero ese no era su papel, para eso no estaba allí.

Y, sin embargo, aquella ocasión era diferente, aquello superaba todo lo predecible de la maldad humana. Por primera vez en muchos años, sentía que debía ir más allá; que debía establecer un límite real, tangible, ordenar el cumplimiento de un castigo  que fuera realmente ejemplar y ejemplarizante. No podía permitir que individuos como aquel fantoche caminaran sobre la faz de la  tierra como si nada.

Pero se sentía agotado. Por primera vez en su existencia, le hubiera gustado huir, ser ajeno a todo aquello, no tener conciencia, ni moral, ni ética. Mejor aún: no ser. Pasar desapercibido, ser humo, ser un ente abstracto sin peso ni medida. Mas no lo era, tenía peso, medida, respiraba, tenía necesidad de comer, de evacuar, de beber. La carga era cada vez mayor, la responsabilidad cada vez más acuciante; el objetivo cada vez más desesperanzador.

Febril, se sentó ante el escritorio y cogió, una vez más, pluma y tinta. Impartiría justicia, sus letras compondrían una trama definitiva para acabar de una vez por todas con aquel personaje cruel y déspota. Para eso él era el juez, el creador, el afamado escritor de una novela que no lograba culminar. Un semi dios de la palabra que había tomado una decisión: el inicio del fin de la leyenda de Baker street.

Comenzó a escribir con la firme decisión tomada: mataría al malo de una vez por todas y acabaría con el bueno para siempre.

Sherlock Holmes debía morir de una vez por todas para que Sir Arthur Conan Doyle siguiera con su vida, libre, por fin.

Josefa Molina

josefamolinaautora.com

Texto publicado en palabrayverso.com


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