El autógrafo

El autógrafo

pluma

Le dejé de mirar. Con el tiempo me había acostumbrado a que me observaran con cierta curiosidad aunque tengo que reconocer que la insistencia de aquella mirada fija en mí durante tantos minutos continuados, comenzó a irritarme.

Pero, ¿es que no puede una tomarse té y unas tostadas tranquila? Por cierto, tengo que avisar al camarero: este no es té inglés que le pedí. Si es que aquí no se enteran… Y lo entiendo. Entenderse con otra persona es complicado si no comparten el mismo idioma. Aunque con frecuencia, es igualmente de complicado compartiendo el mismo idioma. ¿Y la mantequilla? ¡Terrible! ¿De dónde la sacarán? Es ligeramente agria, incluso me atrevería a decir que con un toque de resina, aunque no lo puedo asegurar. Las cosas de comer nunca fueron mi fuerte. Yo prefiero fumar. En eso sí que soy una experta.

Claro que fumar también me ha generado muchos problemas, y algunos graves. Y no solo sociales. Eso que una dama de mi edad y categoría fume no está bien visto. Ya en mi país me miraban con desdén. Aquí lo hacen con asombro. Pero me lo permiten: al fin y al cabo, soy una extranjera y ya se sabe, que las mujeres inglesas estamos todas un poco locas. Así que me aceptan la extravagancia de fumar e incluso, me permiten acercarme a sus casas.

Claro que eso me ha costado varias semanas de maniobras. Al principio me miraban con distancia cuando paseaba por el pueblo. Me gusta perderme por sus calles. Son estrechas, adoquinadas, con bajas casitas blancas salteadas a un lado y a otro de las calles. Algunas, en la parte más elevada del barranco, fueron antiguas casas cuevas en las que vivieron los antepasados del lugar. Otras sólo son pequeños establos donde encierran a las cabras de noche. Imagino que la mantequilla vendrá de la leche de estas cabras porque tienen la misma cara de agrias…

Y, sin embargo, me gusta este silencio y este espacio abierto a la nada y al todo. Este verde y estos sinuosos laberintos de piedras. Este barranco límpido que besa la playa allá abajo, junto al mar y a las piedras. Los ‘callaos’, lo llaman ellos. Un curioso nombre que me costó aprender a pronunciar y que ahora hasta yo lo utilizo.

Y estas paredes de basalto coronadas en su cresta por pinos…¡Se respira tanta tranquilidad aquí!, tanto tiempo en calma. Parece como si mi viejo reloj de pulsera se hubiera olvidado de dar vueltas. De hecho, ahí está, olvidado en el cajón de la mesilla de noche del hotel.

Al principio no entendí muy bien la recomendación de mi médico. Le vendrá bien unos meses de aire limpio, en una zona al lado del mar, en la que aislarse y aprender a respirar de nuevo. Y olvídese del tabaco: sus pulmones y su salud se lo agradecerán.

Lo que no me dijo es lo sumamente lejos que queda este paisaje volcánico. No sólo de Berskhire, sino de todo lo que yo he conocido hasta el momento. Resulta extraño y, precisamente, por eso, me agrada. Sí. Me gusta. Creo que lo echaré de menos cuando tenga que volver a hacer las maletas y marcharme. Casi siempre estoy marchando, casi siempre sola. Archi se ha acostumbrado a mis ausencias aunque tampoco creo que le molesten demasiado. Él ya sabe entretenerse con sus propias amigas. No soy tan ingenua. Que sea escritora no me aleja de la realidad. Más bien todo lo contrario: me ayuda a perfilar muchas formas diferentes de indagar sobre una misma realidad, porque hay muchas formas de acercarse a ella, lo sé, de eso ya hablo en mis libros. No en vano soy ‘la dama del misterio’. O eso, dicen.

Lo cierto es que llevo aquí varios meses y le he cogido cariño a este silencio. Mirando hacia las montañas he terminado mi última novela. Dudo que sea un nuevo éxito. Ya no creo en ello. Pero me animo pensando que, tal vez, sea recordada en el futuro cuando los libros signifiquen algo para alguien, cuando ésto de crear sea tomado en serio. Ahora es sólo diversión, un lujo de unos locos, un pasatiempo para unos pocos. Eso dicen. Para mí ha sido una tabla en medio del mar, una boya a la que sujetarme mientras naufrago lentamente en el brandy. Todo tiene un origen y todo tiene un fin. Y no somos ajenos a ninguno de ellos.

Ah, por fin, se acerca…

¿Un autógrafo? Sí, claro. Por supuesto. Es una de mis primeras novelas, ¿la ha leído? ¿No? Vaya, ya la leerá. Espero que le guste. ¿Firmo por aquí?…

Para Juanita, con aprecio

autógrafo

Agaete, Gran Canaria, 1927

(c) Josefa Molina 

@JosefaMolinaR


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