Los fantasmas de la calle Faycán Guanache

Los fantasmas de la calle Faycán Guanache

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Foto: Casa señorial de la calle Faycán Guanache en Gáldar (Gran Canaria)

 

Ustedes no lo saben, pero en esta casa habitan fantasmas. Ya, ya, que no han notado nada, que nunca han oído nada. Lo sé, a veces los fantasmas son algo tímidos, pero les aseguro que también pueden ser traviesos e, incluso, perversos. Si no me creen, cuando estén aquí, ensayando, paseando o simplemente charlando, pongan un poco de atención.

¿O es que todavía no han escuchado ruidos en los tablones del suelo de madera? ¿crujidos extraños que de pronto suenan en las habitaciones vacías? ¿tenues sonidos que susurran desde el otro lado de la puerta? ¿pasos que se arrastran sobre las lozas de cemento del patio? ¿grifos que se abren donde no hay nadie? ¿En serio que no han escuchado nada de nada? Pues pongan atención. Porque ellos están aquí, ahí, allí, justo donde los ojos no pueden percibir más que siniestras sombras que aparecen y desaparecen como por arte de magia.

¿Aún no han escuchado las risas histéricas de Rafael? Ah, esperen. Que todavía no les he contado quien era don Rafael, claro, claro. Don Rafael era el esposo de mi tía abuela Encarnación. Un hombre soñador que un día decidió que la existencia era demasiado complicada como para intentar entenderla.

Leía mucho y soñaba todavía más. Así que un día quiso ser escritor y cuartillas en mano, marchó a buscar la inspiración en el rincón más escondido de la plaza grande de Gáldar, sí, justo en ese espacio donde el campanario de la iglesia regala sombras a las risas de la tarde.

Tañían las doce en la iglesia, cuando mi tío regresó a casa. Enseguida mi tía Encarnación, notó que algo extraño le sucedía. Desde luego, la mirada de Rafael no era la misma. De pronto se sentó en una silla de la cocina y le digo a su esposa que se acercara. Le iba a leer un cuento.

El relato versaba sobre un tal don Cristóbal, un labriego galdense que, sin saber leer en demasía ni mucho menos escribir de forma talentosa, soñaba con ser un gran escritor. Sin embargo, las musas no le hablaban con dulzura ni le prestaban la atención suficiente para hacer surgir de él la creatividad necesaria para abordar con decisión la blancura del papel. Así que una noche como la de hoy, una noche en que los vivos recordamos a nuestros muertos, en la que les susurramos al oído y les mantenemos atados al mundo con nuestros rezos y nuestras lágrimas, se le apareció un elegante caballero de levita oscura y barba gris. La conversación duró toda hasta el alba y con el canto del gallo, el agricultor aspirante a escritor se sentó en una mesa de su humilde salón donde comenzó a escribir y a escribir poseído por Calíope, musa de la elocuencia, de la belleza y de la poesía épica. Pasaron veinte días y sus veinte noches cuando, por fin, don Cristóbal dejó que el sol le acariciaba de nuevo el rostro. Al salir de su encierro, portaba en la mano una carpeta y dentro de ella, un manuscrito. ‘Lecturas a media luz’, así se titulaba. En apenas unos meses, la obra alcanzó un éxito inusitado, cientos de lectores de todas las Islas buscaban por las escasas librerías un ejemplar de la novela, las críticas reseñaban aquel libro como uno de los más originales e importante de la década, sin embargo, su autor, nuestro don Cristóbal, no pudo nunca gozar del éxito de su creación ya que tan solo dos días después de terminar de escribirla, se lo encontraron frío e inerte, reposando su cuerpo de cintura para arriba sobre la misma mesa en la que escribió durante su encierro voluntario.

Así concluía el cuento que mi tío narró a mi tía Encarnación, que le miraba incrédula y preocupada. Pasaban las semanas y mi tío cada día estaba más extraño y su mirada más perdida, hasta que una tarde, emulando a don Cristóbal, se encerró en una habitación de esta misma casa, dispuesto a escribir la más importante, singular, original y estrafalaria novela jamás contada. Las nubes lloraban sobre el pueblo de Gáldar la tarde del uno de noviembre, cuando mi tío salió de su reclusión con el semblante sombrío y los ojos extraviados. En la mano llevaba una carpeta con decenas de páginas escritas, pero esta vez no se las leyó a mi tía que nunca conoció su título ni su contenido porque esa misma noche, en el terreno de ahí fuera, donde antes había un gallinero, mi tío hizo una gran hoguera a la que lanzó con rabia la carpeta y su contenido.

A partir de ese día, mi tío fue enloqueciendo poco a poco, y absorto en sus propios demonios vivió encerrado durante años en la pequeña habitación que pueden encontrar justo a mitad de las escaleras de piedra que conectan las plantas alta y baja de la señorial casa de mi tía Encarnación, donde años más tarde nacieron mi madre y sus cuatro hermanos.

La fría madrugada del 4 de enero, mi trastornado tío abandonó este mundo para adentrarse en el otro. Dicen que algunas noches se escuchan los sonidos del constante y acelerado rasgueo que hace un lápiz al escribir sobre el papel. Dicen que, en ocasiones, se oyen murmullos, como si alguien, desde muy lejos, narrara un cuento. Dicen que, en noches como esta, un ser sin sombra recorre las habitaciones de la casa buscando algo y que las estancias se llenan de lamentos cuando, contrariado, no lo encuentra. Dicen que si te lo encuentras mejor no le mires a los ojos. Dicen, dicen, dicen…

Así que ya lo saben, si cuando estén aquí ensayando en esta casa, donde no hace mucho vivieron mis antepasados, de pronto, escuchan un lamento, un sonido extraño, tal vez el crujido de papeles que se queman, no se asusten: es el fantasma de mi tío Rafael que ha venido a saludarles.

(c) Josefa Molina

Texto leído en el noche del 31 de octubre en el marco del VI Baile de Finaos, organizado por la Asociación Cultural y Folclórica ‘Surco y Arado’.


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