Margaritas blancas

Margaritas blancas

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Le gustan las margaritas blancas, le dijo con una sonrisa bobalicona a la desinteresada dependienta de la floristería. Mientras cogía el ramo de flores y le abonada los cinco  euros, se dio cuenta del absurdo de la situación. ¿Para quién eran realmente aquellas flores?

Caminaba por la calle sujetando el ramo sin saber a ciencia cierta cuál sería esta vez su destino. Quizá el viejo jarrón de cristal del salón, tal vez el blanco de cerámica de la cocina. Aun no lo sabía. Lo cierto era que caminaba por la calle sujetando el ramo de flores en la mano como un tonto mientras esquivaba las miradas curiosas de las mujeres y respondía con un gesto indignado a las sonrisas cómplices de los hombres.

Recordaba perfectamente el día en que la conoció. Le llamó la atención la aburrida cara de la chica que esperaba en medio de una de las calles más concurridas del centro de la ciudad. Sentada frente a una mesa, pertrechada con una pluma y un tintero, esperaba acompañada por varias hojas de papel que simulaban ser viejos pergaminos. Originales poemas personalizados a dos euros. Dime las palabras y te doy un soplo de creatividad a precio de costo, rezaban los carteles que acompañaban su pequeña mesa plegable.

Lleno de curiosidad se acercó a ella. Un poema que contenga las palabras madre y felicidades. Y le escribió unos cuantos versos sin rima que él juzgó de lo más hermoso que había leído jamás. De pronto, le entró la premura por saber todo de ella, de conocer su historia, de atesorar aquellos versos que se fugaban de su pluma por tan solo dos euros. Era una otoñal tarde de viernes. Al siguiente regresó.

Nace la primavera con tu hermosa sonrisa, le dijo. Lo miró fijamente. Sus ojos centellearon. Déjame un segundo y tendrás tu poema. Como buscando inspiración, miró al vacío de la calle y comenzó a garabatear palabras en el satinado papel del pergamino. Aquí lo tienes. Espero que te guste, o que al menos, no te parezca demasiado cursi. Te compro todos los poemas, le respondió, incluso los que todavía no has escrito, si compartes un café conmigo. Ella aceptó, sin dudarlo.

Se adentró así poco a poco en su vida. Descubrió que aquella aspirante a escritora dejó su trabajo en una entidad bancaria tras presentarse a un concurso literario del que resultó, para su sorpresa, ganadora del primer premio. No fue el dinero, fue descubrir que escribir me llenaba, que era aquello lo que quería hacer en mi vida. Lo que trajo consigo aquel reconocimiento fue la ilusión y la certeza de que no quería que el resto de mis días transcurrieran entre divisas y transacciones. Así que un día me despedí de la sucursal y me dediqué por entero a escribir, le desveló entre miradas y sorbos de café.

De vez en cuando ganaba algún premio que le ayudaba a alimentar la motivación y el impulso, mientras sobrevivía vendiendo poemas a todo aquel que quisiera comprar algunos retazos de su inspiración. Confiaba en ganar algún premio importante pero cuanto más leía, más se alejaban las esperanzas de hacerse con un nombre en el competitivo mundo de las letras. Sus largas noches las dedicaba a trabajar en su nueva novela, aquella que, estaba segura, le iba a encumbrar, la que la iba a llevar directamente hasta los escaparates de las principales librerías de la ciudad, de la región, del país.

Y se enamoró de ella. De su impulso, de su ilusión, de sus ganas de crecer. Durante dos años fueron el uno para el otro hasta que una mañana de otoño llegó la tan esperada llamada de teléfono: había resultado ganadora del primer premio de un certamen de novelas convocado por una importante editorial de ámbito nacional. En pocas semanas, cambió de libretas, de agenda y de cajones de ropa. Dejó de haber sitio para él en su nuevo plan de vida.

Él sigue sus éxitos literarios por la prensa y por la red. Procura leer los breves relatos que a veces sube a su perfil de facebook y a su cuenta en twitter. Observa con envidia las fotos en la que aparece rodeada de nuevos amigos mientras es consciente de que su olvido crece por momentos como un tsunami de incoherencias.

Y sin embargo, aún de vez en cuando, le compra un ramo de margaritas blancas, sus favoritas. Y por su cumpleaños, la telefonea con la esperanza de que vea sus llamadas perdidas y tenga ganas de devolvérselas, pero siempre termina disculpándola: estaría ocupada firmando ejemplares de su última novela.

Sin saber muy bien el por qué, continuaba con el absurdo ritual de comprarle un ramo de sus flores favoritas. De pronto, se sintió como uno de aquellos pergaminos todavía por escribir. Vacío, en blanco, sin palabras, sin versos…

Entonces, colocó el ramo en el jarrón y decidió que aquella vez sería la última vez. Tocaba pasar página, terminar la historia, cerrar el libro y comenzar a escribir su propio relato, uno que hablara de olvido y resurrección. 

(c) Josefa Molina 

Relato publicado en Infonortedigital 


			

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