Mi propósito para el 2020 (y muchos más)

Mi propósito para el año nuevo

Josefa Molina Rodríguez

 

Cuando comencé a leer en serio, es decir, más allá de las consabidas lecturas escolares, las bibliotecas, las librerías y, sobre todo, las escasas reseñas literarias a las que entonces podía acceder, me fueron encaminando hacia un universo que enseguida me atrapó como solo te puede atrapar el placer de la lectura.

Libro a libro, me introduje en la magia del realismo mágico de los latinoamericanos, me encandiló la dulce sonoridad poética de la Generación del 27, lloré con la crudeza de los novelistas rusos, flipé con el teatro social alemán, me enfurecí con la tristeza de las novelas de postguerra de una España herida, me impresioné con el soliloquio del escarabajo kafkiano y más tardíamente, curioseé entre los renglones de las tramas cinematográficas de los estadounidenses.

Siguiendo mis escasos conocimientos, intenté siempre elegir textos que consideraba clásicos, imprescindibles; buscando lecturas que no me dejaran indiferentes; lecturas que me indujeran a atesorar los libros como si fueran cofres que guardaban hermosos tesoros en su interior (como así son). Creo que de ahí me viene ese irremediable impulso de comprar libros y más libros para embriagarme en el placer de olerlos, de subrayar en sus hojas, de colocarlos de forma arbitraria en las estanterías para luego, eso sí, volverme loca cada vez que necesito rescatar un título en concreto…

Gracias a este afán lector, he descubierto grandes novelistas y excepcionales poetas que me han hecho soñar con intensidad y que hoy constituyen verdaderos títulos-joyas que conforman mi personal universo lector. Pero, siempre hay un pero, hete aquí que un día descubrí –y de esto no hace mucho tiempo, lo cual me ruboriza en extremo- que se trataban de libros escritos, en su gran mayoría, por hombres.

Efectivamente, un día me dio por revisar mis estanterías. Allí estaban, alineados en su caótico orden, una multitud de libros que me miraban con cautela. Habían una amplia colección de textos, grandes novelas, sublimes libros de poesía, maravillosas antologías, textos clásicos de siempre, obras que todo buen lector, en mi caso supuesta buena lectora, debe de haber leído, al menos, una vez en la vida. Todos o casi todos incluidos en los manuales de literatura al uso y en las enciclopedias de literatura universal, pero, en su mayoría, y he aquí el quid de la cuestión, de autoría masculina. Por Seshat, y las escritoras, ¿dónde estaban?

Sí, no lo voy a negar, contaba con algunos títulos de autoría femenina como los clásicos de Agatha Christie, fieles compañeros de mi juventud; algunos de Virginia Woolf, varios tomos de poesía de mi adorada Silvia Plath, alguno perdido de Alejandra Pizarnik, otro más de Gioconda Belli, algunas novelas de Rosa Montero y Elvira Lindo, algún poemario de Pino Ojeda, otro de Josefina de la Torre, algún empolvado tomo de Emilia Pardo Bazán o de Ana María Matute…En fin, pequeñas muestras de un extenso universo desconocido para mí, hasta el momento. ¡Lastimoso!…

woolf

Esto me hizo reflexionar: ¿por qué no había leído hasta la fecha a más autoras? ¿Cuál era el motivo? ¿Desconocimiento, desidia, falta de información, falta de formación literaria?

Con la duda rondando en mi cabeza, extraje el primer tomo de la enciclopedia de Historia Universal de la Literatura que tengo en casa – sí, también en los tiempos de san google algunas personas conservamos una enciclopedia de literatura en algún rincón del salón- y, ¡oh, sorpresa!, de los noventa autores reseñados en profundidad, tan solo dos eran mujeres: la británica Virginia Woolf y la francesa Colette, mientras que, por periodos históricos, se señalaban, de pasada y muy en tercer plano, a diversas autoras, sobre todo, las del siglo XX. Por cierto, de forma totalmente anecdótica, se nombraba a Mary Godwin Wollstonecraft, no como creadora del ser monstruoso más humano y fascinante de la historia de la literatura de todos los tiempos, ‘Frankenstein’, sino en calidad de esposa del poeta Percy Shelley. ¡Puñalada infame! Totalmente imperdonable…

mary y frank

 

¿Es que las mujeres no escribían? ¿Es que no contaban con tanta producción literaria como sus compañeros masculinos? ¿O es que lo que escribían no reunía la suficiente calidad literaria como para formar parte de los manuales de colegios e institutos o para estar recogida su obra en una enciclopedia de literatura, para más inri, universal? Y, ¿en las bibliotecas? Más de lo mismo: los títulos de autoría femenina no eran, precisamente, los más numerosos, a pesar de que son las mujeres las que más leen y las que más acuden a los clubs de lecturas y a los talleres de escritura.

El caso es que llevaba más de 30 años leyendo casi exclusivamente a hombres. Entonces, ¿qué sucedía? Pues sucedía que a las mujeres, excepto en contadas excepciones, no se les permitió el acceso a la lectura y, mucho menos a la escritura, hasta bien entrado el siglo XVII, en una sociedad, además, marcada por un sistema patriarcal en el que la mujer poco menos que era una eterna niña a la que el hombre debía de dirigir, cuidar y ‘proteger’, y leer, ya se sabe, es peligroso: abre las mentes y potencia el espíritu crítico.

Pero siempre existen valientes, mujeres que deciden dar el paso, y, afortunadamente para las que venimos detrás, escribieron. Y hete ahí, que tuvieron que pagar su osadía con creces sufriendo que se las señalaran con el dedo, se las ignoraran, se las vilipendiaran, se las acusara de locas o promiscuas, se les robaran la autoría de los textos, o, peor aún, que las mandaran a la hoguera o les cortaran la cabeza (y si no, que se lo digan a Olympe de Gouges).

Olympe

Es decir, las sometían al más feroz de los ostracismos: al olvido premeditado, a la absoluta invisibilización de su obra aunque fuera igual de buena (o de mala, que también las hay y en ambos sexos) que la de un escritor.

Por curiosidad, me fijé en los especialistas que elaboraron las reseñas literarias que conforman los distintos tomos de la citada enciclopedia y descubro – a estas alturas, como comprenderán, sin ápice de asombro- que el 95 por ciento de los que las escribieron fueron hombres. En ‘defensa’ de la enciclopedia – si es que tiene alguna defensa el olvido reiterado y premeditado de tantas y tantas escritoras a lo largo de la historia de la humanidad- , he de decir que su fecha de edición es 1.987 y que cuenta con amplias e interesantes reseñas de autores, pero de eso, de autores. Creo que en la actualidad, un trabajo enciclopédico tan sesgado y dirigido sería simple y llanamente, impensable.

Todo esto, claro está, no es baladí. Tiene un motivo de peso: la preeminencia a lo largo de la historia de un canon literario específico, el marcado por el escritor hombre, blanco, de clase media o alta y europeo. Evidentemente, esto excluye no solo a la mitad de la población, las mujeres, sino a los hombres de otras razas, de otras clases sociales, de otros continentes o de personas diversas.

Estaba claro: esta lectora, o séase yo, había cometido un olvido histórico que urgía reparar, y que de hecho, he comenzado a reparar hace ya un tiempo. Sin embargo, ahora, que estamos en fechas de fijar nuevos propósitos que nos hagan la vida más plena y feliz para el nuevo año que comienza, les comparto mi propósito para este recién nacido 2020: leer a más escritoras y, no solo leer un mayor número de obras escritas por mujeres, sino profundizar en su legado y lo que es más, rescatarlas, en la medida de mis posibilidades, del injusto olvido en el que están sumidas muchas de ellas, exponerlas, darlas a conocer y, sobre todo, descubrirlas y conocerlas yo misma.

En definitiva, adentrarme con pasión de lectora en la obra de tantas y tantas excelentes creadoras literarias de ayer, de hoy y de siempre.

Así pues, este año serán las mujeres las que ocuparán los estantes de mis librerías y serán ellas las receptoras de las inversiones pecuniarias que dedico a la adquisición de libros. Y no solo porque los textos tengan por autoras a mujeres, sino porque quiero que sus obras se conviertan en mis referentes y, sobre todo, porque en sus historias me siento reflejada, acunada, demandada, cuestionada, alzada y eso, me gusta.

Evidentemente, eso no quiere decir que no deje de lado a las obras escritas por hombres, tampoco es eso, pero, lo siento, amigos, mis preferencias serán ellas y sus obras.

Tómenlo como un gesto de justicia poética, literaria o una nueva trama policiaca, como ustedes vean. Para mí, se trata de cumplir con una deuda: la de romper con el olvido interesado e injusto hacia la creatividad de las mujeres que históricamente ha tenido lugar en el ámbito tanto de la creación literaria como artística, en general; una deuda que quiero saldar porque no solo me gratifica y me entusiasma profundamente, ya que estoy segura de que me va a regalar más de un descubrimiento literario, sino porque creo firmemente que la lectura de obras escritas por plumas femeninas  me va a fortalecer como mujer y, sobre todo, me va a enriquecer como lectora.

Te invito a compartir este propósito y, si te apetece, a hacerlo tuyo, para comenzar a enmendar una invisibilización imperdonable que lo único que ha conseguido es empobrecernos a todas y a todos, robándonos la palabra y la voz de las escritoras, usurpándonos la riqueza creativa y literaria del cincuenta por ciento de la humanidad.

Creo que este es más que buen propósito para el próximo año. Es un propósito necesario, es un propósito justo. Feliz 2020 y a ¡leer!

Publicado en Infonortedigital , 1 de enero 2020


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