Un espacio propio (artículo de opinión)

Un espacio propio

Durante siglos a las mujeres se nos ha educado para no tener un espacio propio. Digo más, no solo para no tener, sino ni siquiera para anhelar, desear, aspirar o, simplemente, soñar, con un espacio personal. La sociedad patriarcal nos ha grabado a fuego -en ocasiones, de forma literal- que nuestro espacio como mujeres se circunscribía al exclusivo ámbito doméstico, y si me apuran, a aquel espacio que no iba más allá de los pasillos que unen la cocina con el salón.

No fueron pocas las mujeres que desarrollaron su vida entre esas cuatro paredes, mientras sus esposos atesoraban para sí mismos la habitación más grande, con más luz, más alejada y más íntima, para ubicar su despacho al que creían tener todo el derecho ya que ellos eran los que pagaban las facturas y sostenían económicamente a las familias.

El movimiento feminista ha conquistado también el espacio físico para la mujer y ha hecho que, de forma paulatina, la creencia del dominio masculino sobre el espacio haya evolucionado, normalmente no por una cesión voluntaria del varón sino por una conquista de la mujer, hacia el uso compartido, punto este fundamental, especialmente en el modelo de viviendas actuales, cada vez más escuetas en cuanto a metros cuadrados se refiere.

Suele pasar que en estos minis pisos, mientras no existan hijos, la segunda habitación, si la hubiere, se suele convertir en una zona de planchado o una extensión del armario cuando no directamente, en el despacho del varón de la pareja, a pesar de que la hipoteca se pague a partes iguales. También es verdad que, desde que aparece la descendencia, la citada habitación es reconvertidaipso facto en una habitación infantil.

Mientras tanto, el ámbito ‘familiar’, el pequeño núcleo interno del hogar, sigue ‘perteneciendo’ casi en exclusiva a la mujer. El cuidado de los menores, del hogar, de los padres o de la familia política, sigue siendo fundamentalmente una ‘cuestión femenina’.

Para lo que nunca hay espacio es para ella. Por eso es tan habitual que la mujer busque el reencuentro consigo misma en espacios compartidos con otras mujeres. De ahí, su mayor presencia en talleres o club de lecturas, por ejemplo. Dicen que compartir es vivir y no lo dudo, aunque eso no está reñido con contar una habitación propia.

Así que un día la mujer decide que ya está bien y comienza a reivindicar ese espacio donde ubicar tus cosas, donde refugiar tu espíritu, donde respirar sin tener que compartir el aire con nadie, donde no sucumbir a la asfixia cotidiana o donde poder hacer lo que te dé la gana sin testigos, por mucho que ames a esos testigos.

Desde luego, es evidente que para eso se necesita un elemento fundamental cuando ese espacio se ubica fuera del hogar: la capacidad económica para sostenerlo. Porque contar con un espacio propio está vinculado, como todo en este sistema capitalista que nos condiciona y subyuga, a una cuestión de parné. Por eso, muchas acabamos nuestros días sin contar nunca con un espacio propio y a lo más que aspiramos es a intentar crearlo algún día, quizás cuando los hijos abandonen la vivienda familiar (si es que lo hacen, porque tal y como va la cosa… pero ese es otro tema), ya con canas en el cabello y las energías vitales mermadas.

Siempre he abogado por contar con un espacio personal, tanto para la mujer como para el hombre. Un lugar exclusivo e intransferible. Decía Virginia Woolf, en su clásico ensayo ‘Una habitación propia’, que las mujeres que escriben (y añado, las que desarrollen cualquier actividad artística) necesitan para ello de una habitación propia para concentrarse y crear, sin necesidad de tener que ocultar tus poemas bajo las faldas cuando las visitas ocupan el salón familiar.

Aunque creo que debería ser una realidad para cualquier persona, desde luego soy consciente de que no todas tienen este anhelo. A algunas les basta con su dormitorio; a otras no les incomoda compartir los espacios comunes; y otras, simplemente, no pueden ni planteárselo cuando apremian otras necesidades más importantes, como llenar la nevera.

Estoy en un momento de mi vida en que me reivindico y reivindico mi espacio. Y en ello estoy. Eso sí, les comento que, cuando por fin tenga mi cuarto propio, pintaré sus paredes de violeta. Imagino que ya saben el porqué.

Nota: artículo publicado en Infonortedigital con fecha 5 de agosto 2021.


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